Ni siquiera la muerte podrá separarnos ...

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viernes, 4 de febrero de 2011

Me alegro, pero es injusto

De piedra se ha quedado el que suscribe al leer en la prensa de hoy que Vicente Del Bosque ha sido nombrado marqués (sí, sí: marqués) por obra y gracia del Jefe del Estado, don Juan Carlos I. Me alegro mucho por él, pues es un hombre que ha estado donde ha estado, ha mamado lo que ha mamado y, aunque lo lleva estupendamente, tiene los antecedentes que tiene (le pese a quien le pese). A todo ello, hay que sumar la sencillez con la que ha asumido su nueva condición nobiliar, actitud marca de la casa que le hace aún más simpático y entrañable a los ojos de muchos, incluido yo mismo.

Sin embargo, y sin que sirva de precedente, creo que se ha cometido una tremenda injusticia con otros seleccionadores nacionales que han conseguido méritos equiparables, cuando menos, a los del entrenador salmantino. Los hitos deportivos de Del Bosque han sido mucho más relevantes con el Real Madrid (dos copas de Europa, dos ligas, una supercopa española y otra europea, amén de una copa intercontinental, el último título logrado en 2003) que con la selección española (el reciente mundial de Sudáfrica). Cabe suponer, por lo tanto, que en el ánimo del monarca español ha pesado más esto último que todo lo anterior, pues de otro modo el otrora técnico merengue habría sido ya distinguido con el título correspondiente hace unos años.

Hace cosa de seis años, más o menos por estas fechas, otro castellano leonés llamado Juan Carlos Pastor llevó a la selección española de balonmano a lo más alto en un campeonato mundial, algo también inédito hasta entonces, sobra decirlo. Incluso un técnico tan laureado como Valero Rivera (quien estuvo al frente de un Barcelona que en los 90 hacía en balonmano lo que hoy hacen los jugadores de fútbol: ganar, ganar y ganar) no ha podido pasar del tercer puesto en el mundial celebrado recientemente en tierras suecas, y eso que España pulió a los anfitriones en el partido de consolación. Un año después de la gesta de los balonmanistas, un madrileño llamado José Vicente Pepu Hernández conseguía para el deporte español otra hazaña nunca antes soñada: el mundial de baloncesto, liderando a un equipo sencillamente irrepetible: los hermanos Gasol, Reyes, Calderón, Navarro, Garbajosa... Y naturalmente, no voy a dejar en la cuneta a Joan Jané, por cuya obra y gracia el waterpolo español se enfundó, así como quien no quiere la cosa, un oro olímpico y dos mundiales... consecutivos. Con un par. Y todo ello por no hablar de los seleccionadores que han hecho a los chicos de hockey sobre patines de este país campeones mundiales un año sí y otro también, hasta catorce veces nada menos. ¿Dónde están sus marquesados? ¿Dónde el reconocimiento nobiliar? ¿Por qué han de ser ellos menos que Del Bosque? Y repito: no tengo nada contra él, pero me parece que obviar al resto de este modo es muy poco elegante.

De acuerdo, la repercusión del mundial futbolero sobrepasa con mucho al resto, pero... ¿es que acaso el mérito de los demás era menor? Y ya para finalizar: tenga usted mucho cuidado, señor marqués, que ya sabe cómo se las gasta el pueblo en este país: nadie le desposeerá de su recién estrenado honor pero, a poco que empiece a perder, le arrastrarán sin piedad por el barro y lamentablemente, le obligarán a salir del escenario por la puerta de atrás. Ya ha ocurrido antes, porque ya lo ve: ¿quién se acuerda de los demás que le han precedido en el olimpo mundialista de este país?

He dicho.


lunes, 6 de diciembre de 2010

El valor del Silencio

Han pasado siete días desde el Clásico contra el Barcelona. Y es ahora, una semana después del, para mí y otros tantos madridistas infausto partido del Camp Nou que vuelvo a asomarme al teclado. Del partido no tengo nada que comentar. El resultado final lo dice todo, así que no queda más que rendirse ante la evidencia y seguir peleando, luchando hasta el último aliento y el último minuto. Esa es la obligación de los jugadores, del cuadro técnico y de la directiva. Sin rendirse nunca, jamás. Han perdido una batalla. Estrepitosamente, sí. Pero la guerra sigue, y en varios frentes. Por lo pronto, la difícil victoria del pasado sábado ante el Valencia habrá servido, espero, para tomar un poco de aire, restañar las heridas aún sangrantes y recobrar algo de una moral que adivino barrida, aniquilada y destrozada.

Durante estos días de difícil trago, la mayoría de mis amigos (y familiares) culés o, en el mejor de los casos, antimadridistas furibundos ha sido la de guardar silencio. Lo aprecio y lo valoro, porque es justamente lo que deseaba. No ya sólo por el estado de ánimo, que también, sino porque estimo que es la justa correspondencia a mi política de siempre en casos deportivos: vive y deja vivir. Disfruta de lleno de las victorias de los tuyos con aquellos que comparten tus simpatías, y deja a los demás en paz. No me cabe duda de que algunas personas cercanas habrán disfrutado como niños viendo el recital de los chicos de Guardiola. Pero en lo que a mí respecta, ya fuese en presencia o en la distancia, si te he visto no me acuerdo. Gracias pues.

Otros, los menos, no. De un modo u otro me recordaron lo sucedido, con insistencia en algún caso. Bien, nada que objetar. Libres somos. Pero ante un estímulo así tenía varias salidas. Y al final, opté por la que me pareció mejor: negarles lo que me habían dado y regalarles lo que hubiese querido para mí, y que no era otra cosa que silencio, silencio absoluto. El mismo silencio que observaré escrupulosamente cuando las tornas se viren, siempre fiel a mí mismo. Una opinión que, por cierto, no es la primera vez que expreso en este mismo espacio, cuando la diosa Fortuna sonreía, no hace tanto, a mis colores.

Porque las tornas, con total certeza, cambiarán. No sé cuándo, ni cómo o por qué, pero lo harán porque siempre lo han hecho. Es ley de vida: los triunfos nunca son permanentes y el viento siempre cambia de dirección, ya sea por lesiones, defecciones, por la llegada de alguna oveja negra o la ambición incontrolada de algún jugador o (más corriente de ver) de su representante; por el hastío de los triunfos, por imprevisión o exceso de confianza, por la soberbia, por la mala gestión de los directivos (que le pregunten al Valencia) o, más simplemente, por el paso inexorable de la edad y la pérdida irreparable de ciertos jugadores, técnicos o directivos clave. O por cualquier otra circunstancia impredecible e imprevisible. Aníbal cruzó los Alpes en lo que parecía una empresa irrealizable, machacó a la caballería romana de Publio Cornelio Escipión padre en el río Tesino, destrozó a las legiones de Sempronio en Trebia, aniquiló al ejército consular de Flaminio en el lago Trasimeno y, finalmente, masacró cuatro ejércitos consulares al mando de los cónsules Emilio Paulo y Terencio Varrón en Cannas, en una auténtica orgía de sangre y muerte. Pero Aníbal se enfrentó a Publio Cornelio Escipión hijo en Zama, donde acabó siendo descalabrado, y ése fue el principio de su fin. Los suyos, los cartagineses, hicieron el resto. Como los mismos romanos con su general, por cierto. Guardiola y los suyos verán el día en que llegue su Zama particular. Su Escipión les aguarda. Sólo es cuestión de dónde y cuándo.

Y cuando llegue ese día, insisto, sólo habrá silencio por mi parte hacia las personas cercanas que profesen los colores blaugrana. El silencio, ese valioso, agradable y elocuente compañero de viaje. Guardaré mis palabras para los de siempre, para nada cercanos en lo personal, deportivo o geográfico. Y mientras tanto, paciencia y a recordar el viejo proverbio Klingon con el que Tarantino abriera hace años su inmortal epopeya Kill Bill. Hoy he roto el silencio. Porque he querido, por pura y simple voluntad.

He dicho.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Galaxias lejanas

La Wikipedia define una galaxia como un "masivo sistema de estrellas, nubes de gas, planetas, polvo, materia oscura, y quizá energía oscura, unidos gravitacionalmente". En el mundo del fútbol es norma que algunos términos grandiosos o grandilocuentes, como éste, se apliquen a algún equipo, partido o circunstancia. Cualquier persona con un mínimo de interés por el deporte rey sabe que este nombre, o mejor dicho, el adjetivo correspondiente -galáctico(s)- sirvió para bautizar al Real Madrid en teoría más pletórico de la era de Florentino Pérez. Un equipo que reunía a grandes nombres balompédicos como Figo, Zidane, Ronaldo, Beckham, Raúl y Roberto Carlos. Algunos incluían también a Iker Casillas. Después de todo, la cosa parecía lógica: con tanta estrella de por medio, aquello debía de ser una galaxia. Desde un punto de vista astronómico, es una metáfora un tanto ridícula, ya que hacen falta muchísimas más estrellas para formar una galaxia. Hablar de un "cúmulo estelar" habría sido más ajustado a la realidad, incluso figurada, pero habría sonado demasiado pedante. Así que los periodistas de la capital, proclives como el que más a esta clase de eslóganes y etiquetas, adoptaron entusiásticamente la nueva denominación. Y ello pese a que los propios futbolistas, por activa y por pasiva, intentasen, sin éxito alguno, mantenerse al margen de ella. Halagos, en fin, son halagos. Y, a veces, veneno.

Bien, aquélla pléyade de futbolistas estelares dejó, por momentos y en ocasiones puntuales, testimonio de las virtudes que se le presumían. Puntualmente, demasiado puntualmente. Lo bastante como para que se creara a su alrededor un entorno de impaciencia ante el despegue definitivo de aquella presunta máquina de juego y goles, que no llegaba del todo. Durante algunas semanas, en la temporada 2003-04, pareció que el campeonato liguero estaba al alcance de la mano, lo mismo que la Champions. Y la Copa del Rey. Todo podía ganarse.

Y todo se perdió. Primero fue en marzo: la Copa del Rey, ante al Real Zaragoza y en la final. La galaxia empezaba a perder brillo. Poco después, en abril, en los cuartos de final de la Champions, un Mónaco en el que militaba en calidad de cedido el gran Fernando Morientes (circunspecto en su celebración de gol en Madrid, en atención a las víctimas de los recientes atentados de Atocha, pero exultante de revancha en el Luis II monegasco) dejaba a la galaxia con un poco menos de luz. En la liga, el Valencia y el Barcelona apretaban en el tramo final mientras el Real Madrid, quizá vendiendo la piel del oso antes de haberlo matado, se tenía que conformar con el cuarto puesto, superado a última hora por el Deportivo de la Coruña, además de los ya mencionados.

Objetiva y fríamente, no había sido una temporada desastrosa. Muchos equipos, incluso sin la promesa de un título, la habrían firmado. Pero sonaba a pobre, muy pobre, para una escuadra con expectativas galácticas, es decir, a la altura de lo que se suponía. De nada servirían los destellos de buen fútbol logrados a lo largo de la temporada que, al fin y al cabo, habían sido sólo eso, destellos. Por ejemplo, el Real Madrid fue el equipo más realizador de la temporada en la liga (72 dianas), un gol más que el campeón Valencia. Ronaldo logró el Pichichi, tras anotar 24 goles. Con todo, una galaxia brilla mucho más que un meteorito. En caso contrario, si no brilla, sólo puede ser detectada por su gravedad. Y la historia la escriben siempre los ganadores, nunca los que quedan por detrás, por mucho que pesen sus nombres.

Lo que sucedió después, quedó en la memoria colectiva como un gran fracaso, no tanto en lo económico como, sobre todo, en lo deportivo. No era ya sólo que no hubiese triunfos: ni tan siquiera se alcanzaba la posibilidad real de lograrlos. Al año siguiente, el FC Barcelona se paseaba en la Liga, mientras que el Real Madrid caía en octavos de la Champions ante la Juve y en la misma eliminatoria de la Copa del Rey frente al Valladolid. Estaba claro que la galaxia se colapsaba, quizás por su propia gravedad, convirtiéndose poco a poco en un enorme agujero negro que engullía, entre otros, al mediático y todopoderoso Florentino Pérez. Muy brillante y oportuno en lo económico (sólo hubiese faltado eso), mucho menos en lo estrictamente deportivo, pese a haber estado a poca distancia de lograr la gloria de la Triple Corona.

El peregrinaje del equipo por el Gólgota futbolero del 2006 es de sobra conocido. Las estrellas fueron, poco a poco, abandonando la galaxia, la cual, en consecuencia, perdió masa y fuerza gravitatoria. Aunque, con ello, también se diluía un poco más el agujero negro que dejó, bien poco a poco, de ser un sumidero de penurias. El pasado 2007 parecía que aún no se había tocado fondo en el colapso tras la eliminación copera ante el Betis, los continuos fiascos en la liga, y una dolorosa eliminación en la Champions, a manos de una de las más discretas versiones del Bayern München que se recuerdan. Bastó una conjura fuenteovejunera y un partido bueno de verdad (por una vez) ante el FC Barcelona, a quien Messi salvó de una derrota que parecía por momentos segura, para que la ruta ascendente comenzara de nuevo, con la ayuda inestimable de los restos de la galaxia de épocas florentinas. Y culminó en la liga. Epica para unos, afortunada e inmerecida para otros... lo que se quiera. Pero una vez más, la historia la escribía el ganador.

Hoy, lejos queda ya el proyecto galáctico. Tan sólo la sombra de lo que pudo ser y no sólo no fue, sino que fracasó estrepitosamente. Pero una lección de oro debe quedar en la retina y en la mente: los grandes éxitos los hacen grandes equipos, no grandes colecciones de nombres. Si encima están formados por estrellas, entonces están llamados a la más absoluta de las glorias, como ocurrió con el AC Milan de la era Sacchi: Gullit, Van Basten, Rijkaard y media selección italiana. Ahí es nada. Pero eran, ante todo, un equipo, que cortó el pelo a la mohicana a lo más granado del panorama europeo de entonces, Real Madrid y FC Barcelona incluidos (aunque en la final de Atenas que certificaba el fin del "Dream Team" barcelonés, los holandeses ya habían dejado paso a Desailly, Boban y Savicevic, y Capello se sentaba en el lugar de Sacchi, igual daba). La experiencia demuestra que valen más los buenos conjuntos que las galaxias, que un sistema planetario, sin brillo y poca masa pero armonioso en su elíptico y concéntrico desplazamiento llega, a menudo, más lejos. Bastante más. Sirva esto, también, como recordatorio para aquellos que abogan por volver a aquellos tiempos gastándose el oro y el moro en figuras consagradas del momento.

En Barcelona están aprendiendo la lección aquellos que, en su día, no vacilaron lo más mínimo en ensañarse con la galaxia merengue. Aquellos que, repitiendo uno por uno los errores del vecino, comenzaron por inventar una etiqueta para un proyecto en apariencia ilusionante y que, a la postre, se ha quedado a las puertas de todo. Si antes eran galácticos, ahora han sido fantásticos. Sólo Messi se salva de la hoguera inquisitorial, acaso porque es producto de la cantera local y, a buen seguro, porque es de los pocos que han puesto sobre el campo la presencia de ánimo y el juego requeridos. Y, a pesar de la situación actual, aún hay quien carga contra el eterno rival con tanto desdén como falta de respeto. En su columna del SPORT, y en vísperas del Clásico del miércoles pasado, Xavi Torres decía así:

"Seguramente salvo Casillas, ningún jugador del Real Madrid podría ser titular en el Barça."

Me pregunto qué pensó el bueno del señor Torres tras el partido, después de ver cómo los (según él), teóricos suplentes, dejaban en evidencia, como poco, a los (siempre según él) teóricos titulares. Suplentes entre los que, por cierto, sólo Raúl y Casillas podrían reclamar con justicia el título de "cracks" (dejemos lo galáctico en el recuerdo). Menos mal que, al menos, Xavi Torres tuvo una deferencia para con Casillas.

El maestro.

He dicho.

lunes, 12 de mayo de 2008

Proa y popa

El 30 de abril de 1975, el Real Madrid visitaba la Romareda después de haber conquistado el título liguero a, si no me equivoco, cinco jornadas del fin de la que sería última liga del franquismo, por encima del Barcelona de Rinus Michels y Johann Cruyff. Los maños, muy corteses, hicieron el pasillo a los madridistas. Pero les aguardaban con los dientes afilados y la navaja empalmada. Los Violeta, Nieves, Blanco, García Castany, Simarro, y la temible dupla paraguaya formada por Saturnino Arrúa y Carlos "Lobo" Diarte pasaron por encima del recién proclamado campeón, endosándole un 6-1 que no por intrascendente dejó de escocer en la memoria de los blancos. Tiempo más tarde (12 de septiembre de 1987), el Real Madrid de la Quinta del Buitre devolvía la goleada, corregida y aumentada (1-7) a los blanquillos en su estadio. Corría la tercera jornada de la temporada 1987-88, y el bueno de Andoni Cedrún no daba crédito a la avalancha que se le venía encima.

Pero el fútbol es un deporte de idas... y vueltas. Será por eso que es tan grande. En las semifinales de la Copa del Rey de la temporada 2005-06, tal día como un 8 de febrero, los maños repetían la media docena ante el Real Madrid "galáctico", con Diego Milito y Ewerthon convertidos en reencarnación de Arrúa y Diarte. Cómo sería, para que Tomás Roncero calificara el suceso de "Histórico" en su columna del diario AS. Y para qué contar la fiesta en Barcelona, dicho sea de paso. De poco sirvió la apelación a la memoria del Gran Juanito Gómez para la heroica en el partido de vuelta. El Real Madrid devolvió la afrenta sólo en parte, con un 4-0 inquietante hasta el pitido final, pero inútil a la postre. Tan inútil, por cierto, como la gesta del Zaragoza, que perdería más tarde la final ante el Espanyol.

En los prolegómenos del encuentro de ayer, temía una vez más que las resacas de Cibeles y del miércoles convirtiesen al Real Madrid en víctima de una nueva goleada a la vera del Ebro. Y bien pudo haber sido así, pero no ocurrió tal cosa. La diferencia entre aquellas soberbias versiones del Real Zaragoza (a las que habría que añadir otras) y la actual son, básicamente dos. La primera es una más que evidente endeblez defensiva, y la segunda negación atacante. Los números cantan como calandrias. En el momento de redactar estas líneas, el Real Zaragoza tiene unos números en ataque muy razonables, aunque sin duda mejorables: 48 goles a favor, algo que sólo seis equipos de Primera División superan. Pero han tenido que sacar el balón de la red en 58 ocasiones, por lo que son el sexto equipo más goleado del actual campeonato (a sólo 12 de distancia del digno Levante). Probablemente, el balance sería mucho más positivo si la situación del equipo hubiera sido otra, pero cuatro entrenadores en ocho meses son demasiados para una escuadra que ambicionaba meterse en Europa allá por septiembre pasado. Por no mencionar el caso D'Alessandro, la posible influencia de decisiones arbitrales adversas, etc.

El Real Madrid jugó un partido, probablemente, mucho más cómodo de lo que habría imaginado. Achuchado por momentos, sí, pero como si hubiera sido un osito de peluche el que arremetía una y otra vez, tan inocente como suave. No se explica cómo se pueden marrar tantas y tan buenas ocasiones de gol, salvo quizá a la luz de la clasificación. Mención especial para un magnífico Jerzy Dudek, que demostró por qué fue el héroe del Liverpool en la final de la Champions de 2005. Sergio García habrá soñado con él. Seguro. Delante, el Real Madrid pecó quizá de precipitación, lo que hubiera permitido a Gonzalo Higuaín marcar un nuevo tanto si sus compañeros le hubiesen pasado el balón en momentos oportunos, como hizo Sergio Ramos en Pamplona hace una semana. De todas maneras, no olviden los posibles detractores del "Pipa" que el gol de Robinho salió, precisamente, de sus botas.

En resumen, que cuando las cosas vienen de cara porque estás en la proa del buque, ni siquiera el peso de la historia o el desarrollo del partido juega en contra. Es muy posible que el Zaragoza, ahora a popa, tenga ocasión de lamentar las ocasiones perdidas el próximo fin de semana. Superar al Mallorca en el Ono Estadi no es tarea fácil, sobre todo cuando los bermellones se juegan la posibilidad de estar en Europa y, encima, con un Dani Güiza tocado por la varita mágica.

Que se lo pregunten si no a Rijkaard y a los suyos. Menudo estropicio causó el jerezano con su gol postrero al Barça en el Camp Nou. La prensa de la Ciudad Condal señala de nuevo a los jugadores como culpables de lo sucedido, acusándoles de una nueva traición a su entrenador. Lluís Mascaró así lo afirma con toda claridad:

"... la indignante derrota impidió que el Camp Nou pudiera despedirle -a Rijkaard- como se merece. Ni siquiera este favor le hicieron esos futbolistas a los que él tanto ha mimado y que al final le han vuelto a traicionar."

Es posible que haya sido así, pero yo no estoy tan seguro. Veamos. Deco se queda en la caseta tras el descanso por problemas musculares. Dicen. Vale. Sale Bojan en su lugar. Veinte minutos más tarde sale Messi y entra Giovani. ¿Les suena? De repente, el centro del campo del Barcelona desaparece. Igual que en el Bernabéu cuatro días atrás. ¿El resultado? Sin apenas nada que temer adelante (Messi es hoy por hoy el único jugador con capacidad real de desborde en el Barça), y con un medio campo a medio gas con Touré (todo voluntad, pero a muy bajo nivel por sus dolencias) y Edmílson, también lejos de su mejor momento, al Mallorca le bastaron tres minutos para empatar el partido. ¿Traición? ¿Quién dejó el equipo roto y sin mordiente en ataque? Que Frank Rijkaard haya sido un caballero, que lo es, y que mereciese algo más en su despedida, que también, no obsta para que buena parte de la culpa de lo sucedido ayer haya sido, en mi opinión, suya.

Lo dicho: cuando vas a proa, todo te va de cara. Cuando vas a popa, todo te da en la cara. Incluso cuando vas a popa de la proa. Pero repito una vez más: son momentos. Sólo momentos.

He dicho.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El mal trago (según Casanovas)

En la edición de hoy del diario "Sport", su director Josep María Casanovas, en su columna (que lleva por título "Mi Verdad"), dice lo siguiente:

"...cuando se pierde un campeonato por fallos propios, por errores intolerables, por falta de actitud, esto cabrea. Es lo que pasa con la Liga, la sensación general es que el Barça la ha regalado y un solo dato sirve para confirmarlo. Pocas veces un equipo sale campeón perdiendo siete partidos, es el caso del Madrid esta temporada."

Hay dos aspectos a mi juicio reprobables de este comentario.

1.- Si hay alguien que quiera pensar que el FC Barcelona ha regalado la liga 2007-08, es muy libre de creerlo. Ahora bien, la lógica más elemental nos dice que para que un equipo pueda quedar campeón, deben suceder dos cosas, simultáneamente. La primera es no fallar, osea, ganar. La segunda, que tus rivales fallen más que tú. La liga del año pasado nos recuerda la validez de este aserto. El Barça falló en momentos puntuales (R. Betis y R.C.D. Espanyol, ambos en el Camp Nou), pero el Real Madrid supo aprovechar esos fallos (o tuvo la suerte necesaria que, al fin y al cabo, deviene en lo mismo). Por lo tanto, no se cumplió ninguna de las dos condiciones antedichas, y por eso el Barça tuvo que conformarse con el subcampeonato. Este año, con los papeles invertidos (el Real Madrid en cabeza, el Barça perseguidor), también en momentos puntuales, el líder falló (Valencia y Getafe, ambos en el Santiago Bernabéu), pero sus perseguidores también lo hicieron. Por lo tanto, sólo se cumplió una de las dos condiciones mencionadas. No es suficiente para ser campeón. Y un apunte más: aun cuando el FC Barcelona hubiera sabido (o podido) aprovechar las ocasiones de que disfrutó, ello no implica en absoluto que se hubiera llevado el título al final. De ahí la interpretación, a mi juicio sesgada, que hace el Sr. Casanovas. Las ligas se ganan, no se regalan. Nadie regala algo así. Y creerlo tan ciegamente no puede ser síntoma sino de una pretendida (que no demostrada) superioridad: no es que el rival haya sido mejor, es que nosotros, que somos mejores, hemos sido peores. En palabras llanas: se niega el mérito al campeón. No parece muy serio.

2.- Vamos a los números, a ver si estos respaldan lo que dice el Sr. Casanovas. Afirma que un equipo rara vez ha sido campeón después de perder siete partidos en una temporada. Tomemos como referencia las once últimas ligas, desde la 1997-98 a la actual, aún inconclusa. No podríamos incluir la temporada 1996-97 porque supuso la disputa de 42 jornadas al haber 22 equipos en liza, en lugar de los 20 habituales. Cuatro equipos se han repartido los títulos de liga desde aquel entonces: Real Madrid y Barcelona conquistaron el campeonato en cuatro ocasiones, el Valencia lo hizo en dos, y el Deportivo de La Coruña una sola vez. Un vistazo a las estadísticas nos revela que en seis de esas once temporadas, el equipo campeón sufrió siete o más derrotas. Este año, el equipo merengue ya ha acumulado siete partidos perdidos (que podrían ir a más). El año pasado, el Real Madrid se proclamó campeón después de haber perdido ocho encuentros. La temporada 2003-04, el Valencia se alzó con el campeonato después de sufrir siete derrotas. En el año 2000, el Deportivo de La Coruña logró el título liguero tras haber caido once veces (es, de hecho, el campeón menos brillante de la serie). Y las dos ocasiones anteriores nos remontan a las temporadas 1997-98 y 1998-99, en las que el campeón fue batido, respectivamente, en diez y en siete ocasiones. ¿Y quién fue el campeón entonces? El FC Barcelona de Louis Van Gaal. A la fría luz de los números, está más que claro que el análisis del Sr. Casanovas no se tiene en pie. En más del 50% de los casos el campeón fue vencido en siete o más ocasiones, y Real Madrid y FC Barcelona se reparten el presunto demérito a partes iguales: dos temporadas cada uno.

En resumen, y visto lo visto, el comentario del Sr. Casanovas sólo puede ser asociado con una palabra: sesgo. Osea, desviación sistemática de la realidad. Y esto, siendo muy benevolentes. Porque no creo que sus palabras sean fruto del desconocimiento o la negligencia.

¿Y qué tal si le damos la vuelta a la tortilla? Es decir, examinemos esa misma realidad después de computar no los partidos perdidos, sino los ganados. Tomemos, por ejemplo, el valor mediano entre el máximo y el mínimo de partidos ganados por los campeones de esa misma serie, es decir, veintitrés partidos. Observaremos que sólo en dos ocasiones, en las ligas recientes, un equipo se ha alzado con el título después de haber ganado menos de veintitrés partidos. El Deportivo de La Coruña logró tan sólo veintiuna victorias en su única celebración liguera, mientras que el Real Madrid cantó el alirón en 2003 tras veintidós victorias, las mismas que consiguió la Real Sociedad, que se quedó a sólo dos puntos de los blancos.

Lliçó d'or, senyor Casanovas: no es justo campeón quien menos partidos pierde, sino quien más partidos gana. Y cuando un equipo suma 25 de 35 victorias (como es el caso del Real Madrid este año), difícil es que se le escape el título. Es una pena que no pueda leer estas líneas pero, en el improbable caso de que así sea, sólo un consejo: piense antes de escribir. Más sentido común y menos sesgo.

He dicho.