Ni siquiera la muerte podrá separarnos ...

Mostrando entradas con la etiqueta Mundial de Fútbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mundial de Fútbol. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de febrero de 2011

Me alegro, pero es injusto

De piedra se ha quedado el que suscribe al leer en la prensa de hoy que Vicente Del Bosque ha sido nombrado marqués (sí, sí: marqués) por obra y gracia del Jefe del Estado, don Juan Carlos I. Me alegro mucho por él, pues es un hombre que ha estado donde ha estado, ha mamado lo que ha mamado y, aunque lo lleva estupendamente, tiene los antecedentes que tiene (le pese a quien le pese). A todo ello, hay que sumar la sencillez con la que ha asumido su nueva condición nobiliar, actitud marca de la casa que le hace aún más simpático y entrañable a los ojos de muchos, incluido yo mismo.

Sin embargo, y sin que sirva de precedente, creo que se ha cometido una tremenda injusticia con otros seleccionadores nacionales que han conseguido méritos equiparables, cuando menos, a los del entrenador salmantino. Los hitos deportivos de Del Bosque han sido mucho más relevantes con el Real Madrid (dos copas de Europa, dos ligas, una supercopa española y otra europea, amén de una copa intercontinental, el último título logrado en 2003) que con la selección española (el reciente mundial de Sudáfrica). Cabe suponer, por lo tanto, que en el ánimo del monarca español ha pesado más esto último que todo lo anterior, pues de otro modo el otrora técnico merengue habría sido ya distinguido con el título correspondiente hace unos años.

Hace cosa de seis años, más o menos por estas fechas, otro castellano leonés llamado Juan Carlos Pastor llevó a la selección española de balonmano a lo más alto en un campeonato mundial, algo también inédito hasta entonces, sobra decirlo. Incluso un técnico tan laureado como Valero Rivera (quien estuvo al frente de un Barcelona que en los 90 hacía en balonmano lo que hoy hacen los jugadores de fútbol: ganar, ganar y ganar) no ha podido pasar del tercer puesto en el mundial celebrado recientemente en tierras suecas, y eso que España pulió a los anfitriones en el partido de consolación. Un año después de la gesta de los balonmanistas, un madrileño llamado José Vicente Pepu Hernández conseguía para el deporte español otra hazaña nunca antes soñada: el mundial de baloncesto, liderando a un equipo sencillamente irrepetible: los hermanos Gasol, Reyes, Calderón, Navarro, Garbajosa... Y naturalmente, no voy a dejar en la cuneta a Joan Jané, por cuya obra y gracia el waterpolo español se enfundó, así como quien no quiere la cosa, un oro olímpico y dos mundiales... consecutivos. Con un par. Y todo ello por no hablar de los seleccionadores que han hecho a los chicos de hockey sobre patines de este país campeones mundiales un año sí y otro también, hasta catorce veces nada menos. ¿Dónde están sus marquesados? ¿Dónde el reconocimiento nobiliar? ¿Por qué han de ser ellos menos que Del Bosque? Y repito: no tengo nada contra él, pero me parece que obviar al resto de este modo es muy poco elegante.

De acuerdo, la repercusión del mundial futbolero sobrepasa con mucho al resto, pero... ¿es que acaso el mérito de los demás era menor? Y ya para finalizar: tenga usted mucho cuidado, señor marqués, que ya sabe cómo se las gasta el pueblo en este país: nadie le desposeerá de su recién estrenado honor pero, a poco que empiece a perder, le arrastrarán sin piedad por el barro y lamentablemente, le obligarán a salir del escenario por la puerta de atrás. Ya ha ocurrido antes, porque ya lo ve: ¿quién se acuerda de los demás que le han precedido en el olimpo mundialista de este país?

He dicho.


jueves, 9 de septiembre de 2010

Dos derrotas que duelen

Durante dos maravillosos meses, España y sus gentes han podido lucir con orgullo el que sus selecciones de fútbol y baloncesto ostentasen el doble cetro europeo y mundial. En lo que al fútbol se refiere, seguiremos así como mínimo un par de años más, hasta la próxima Euro-2012 de Ucrania y Polonia, pero Argentina acaba de darle un amistoso correctivo a la Roja. Y en baloncesto, los nuestros acaban de perder la posibilidad de revalidar el título tan brillantemente conseguido en Japón hace cuatro años.
No es mi deseo caer de forma ventajista sobre las espaldas de nuestros Chicos de Oro de la canasta. Esto tenía que suceder alguna vez, y ha sucedido ante una selección serbia que simple y llanamente ha sido mejor. España ha hecho lo que ha podido, ha luchado con todas sus armas, que no eran muchas, y ha caído como cayeron los Tercios en Rocroi: el cuchillo entre los dientes. Nada que objetar ni que reprochar, el deporte es así y punto. Lo sucedido, sin embargo, debería ser motivo para que los responsables del baloncesto español se replanteen algunas cosillas. O al menos así piensa quien estas líneas escribe. Por lo pronto, es una realidad que el mundial de Turquía habrá de ser el último para una parte emblemática de esa maravillosa generación que tan buenos momentos nos ha dado: Felipe Reyes, Juan Carlos Navarro, Alex Mumbrú, Raúl López, José Manuel Calderón y el mismo Pau Gasol están ya en la treintena o la han superado, al igual que el retirado Carlos Jiménez o los ignorados Carlos Cabezas y Berni Rodríguez. La ley de la edad es inexorable, y forzar la máquina con estos chicos es una pérdida de tiempo. Nuestro agradecimiento más sincero y toda la gloria para ellos, pero su momento, por mucho que nos duela y de cara al próximo mundial, ya ha pasado. Jamás olvidaré la noche en que pude verles en la madrileña Plaza de Castilla, agotados tras el viaje de regreso, pero felices y con ganas de fiesta, mientras Pepu Hernández lanzaba su proclama reivindicativa: ¡Ba-lon-ces-to! Uno de los momentos más especiales que, en lo deportivo, he tenido ocasión de vivir.
Cierto: nos quedan Marc Gasol, Fran Vázquez, Rudy Fernández, Sergio Rodríguez, Sergio Llull, Ricky Rubio y otros. Pero quizás haya llegado el momento de soslayarles a ellos también (siempre pensando en el próximo mundial), con excepción de los más jóvenes (Rubio y Llull) y apostar por lo que vienen detrás. Serbia ha marcado el camino, reuniendo un grupo de mocosos preñados de talento a la yugoslava que, por lo pronto, ya se han cobrado el correctivo que recibieron en la final del último eurobásket, y que aún no han dicho su última palabra. Les esperan los anfitriones jenízaros pero, después de lo que vi ayer, no las tengo todas conmigo sobre los chicos del Bósforo y más allá. Empeñarse en exprimir hasta la última gota de las sangre de los Chicos de Oro españoles sería, a mi juicio, un error.
También debo manifestar mi desacuerdo con la línea directora del seleccionador, Sergio Scariolo. Me duele muchísimo su decisión de convocar a Fernando San Emeterio y a Víctor Claver para después no confiar en ellos (ojo, que con el valenciano ya van dos seguidas). Tanto Pepu como Aíto siguieron a rajatabla la misma máxima: todos van, todos juegan, todos cuentan. Esa fue una de las razones que contribuyó a hacer de ellos más que un equipo, un sensacional grupo de amigos y compañeros. No había fisuras ni distinciones porque todos contaban con la confianza de los técnicos. Scariolo y su conservadurismo han roto esa línea, y si el transalpìno va a seguir por el mismo camino, simplemente debería ser reemplazado. Además, yo no soy un gran entendido del deporte de la canasta, pero adivino ciertos errores en su forma de dirigir los encuentros, que pienso comentar con amigos que sí saben de esto (hasta el punto de que de ello viven y comen).
En cuanto a lo sucedido en el Monumental de Buenos Aires ante la selección de Argentina, y a pesar de la escasa trascendencia real del encuentro, entiendo que el 4-1 encajado ante Messi, Higuaín, Agüero y los suyos ha puesto de relieve dos cosas importantes. Una, que Argentina habría podido desempeñar un papel mucho más digno en el reciente mundial de no haber estado bajo la disparatada y arrogante batuta de Diego Maradona, y dos, que España es ahora mismo el enemigo a batir y que nadie nos va a dar ni agua (palabras que en su día hicieron famoso a Carlos Bilardo, además del memorable pisálo, pisálo). Es pronto para sacar conclusiones, y caben mil excusas (el largo viaje, la alineación atípica, la hipermotivación del rival, los balones a los postes), pero es posible que haya que plantearse algo muy similar a lo del básket: algunos de nuestros chicos de oro de fútbol tienen más cerca que lejos su retiro (Xavi Hernández, Marcos Senna, Xabi Alonso, Villa, Puyol, Capdevila, Marchena, y hasta Pepe Reina o Iker Casillas, aunque los porteros son siempre más longevos). De acuerdo, el futuro parece a salvo con los Piqué, Albiol, Cesc, Navas, Valdés, Mata, Javi García o Busquets, a los que habría que sumar a De Gea, Canales, Bojan y las perlas emergentes de las canteras españolas. Pero no caigamos en el error de pensar que los dobles campeones balompédicos, por el hecho de haberlo sido, son para siempre. Nada es así. Ni nadie.
He dicho.

lunes, 12 de julio de 2010

Al rey, señor de España, rendí siempre honor...

Así reza el himno holandés, estrofas salidas de la mano y puestas en boca del príncipe de Oranje, Guillermo de Nassau. Y tal día como hoy, Holanda nos rinde honores. España acaba de culminar una proeza, una gesta histórica e irrepetible. Puede (ojalá) que nuestro combinado nacional llegue a ganar otra Euro u otro mundial, pero desde luego ninguna noche será jamás como ésta. La noche del 11 de julio de 2010 es, por derecho propio, la noche más grande de nuestro fútbol. Ningún otro éxito de nuestro deporte rey (y los ha habido grandes) iguala a éste, nada ha sido ni es más grande. Merece la pena haber vivido para ver esto, para sentir la calle explotar de júbilo, para oír los gritos de alegría y alborozo, para ver más banderas españolas que nunca, para ingresar (y ya era hora) en el selecto club de los equipos nacionales que han alzado la copa de campeones. Ya son ocho. Tres americanos, cinco europeos. Faltaba una pieza, faltábamos nosotros, faltaba España. Ya no. Dos muescas teníamos en el revólver: la olímpica y la europea, ya tenemos la que faltaba, la más grande y rutilante, la joya de la corona.
¿El partido? ¡Qué contar! Mucha dureza por parte del rival, que intentó destruir el juego español y jugárselo todo a un lance de contraataque o, como mal menor, a la lotería de los penalties. Como sucediera con Cardozo o Roque Santa Cruz en cuartos, o Kroos en semifinales, Robben tuvo su oportunidad. Y como sucediera con ellos, Casillas se interpuso en su camino, frustrando así su cita con la gloria... y abriendo el camino de nuestra propia cita con la diosa fortuna. Para la anécdota quedará el pésimo arbitraje de Howard Webb, demasiado permisivo con la leña repartida por los holandeses. Tanto que, lo reconozco, por un momento clamé por la resurrección del Duque de Alba, de Alejandro Farnesio, de Juan de Austria, Luis de Requesens o Ambosio Spinola, hasta del mismísimo Diego Alatriste, ¡Vive Dios! De Marc Van Bommel se esperaba algo así: es su oficio. Pero no tanto de De Jong, Heitinga o del propio Sneijder. Al final, ganó aquél que fue más fiel a su estilo, al que siguió con su idea, con su filosofía de fútbol hasta el final. Como el Séptimo de caballería: al cántico de Garry Owen, puro y duro.
Este es el fin de muchos fantasmas históricos. Atrás quedan Jean-Marie Pfaff y sus penalties parados a los nuestros, Mikhailovic y sus letales libres directos, Tassotti y su sucio codazo a Luis Enrique, los cánticos de Zubizarreta ante los zambombazos de las águiles verdes nigerianas, los correosos surcoreanos o los quiebros de Zidane para matarnos del disgusto. Descansa en paz, Gamal Al-Ghandour, tu deseo se ha cumplido: España ya es campeona del mundo y nos olvidamos de ti y de tu pérfido silbato. Quedaos tranquilos, Cardeñosa y Julio Salinas, vuestros goles que pudieron ser y no fueron ya son, definitivamente, cosa del pasado. Por dos veces en las últimas grandes citas hemos barrido para siempre la barrera psicológica de los cuartos de final. Todo eso, como las lágrimas de Morientes, ya es historia.
Tan sólo una cosa más: aunque hoy no hiciesen su mejor y más brillante partido, es obvio que el fútbol tiene una deuda enorme, gigantesca, con los holandeses. Tres finales frustradas son muchas, y duelen. Aunque no les conozca personalmente, puedo ponerme en la piel de los Sneijder, Robben, Van der Waart, De Jong, Heitinga, de Wilde, Huntelaar y compañía, así como de su entrenador, Bert Van Maarwijk. Han merecido el mundial tanto como nosotros. Algún día el fútbol les hará justicia, a ellos y a los brillantes genios de la Oranje que dejaron imágenes inmortales en la retina de los buenos aficionados al deporte rey. Sólo espero y deseo que cuando llegue ese día, aún esté yo vivo para contemplarlo y, desde luego, que no sea contra nosotros.
Cuatro siglos más tarde, España ha puesto una buena Pica en Flandes.
Gracias, CAMPEONES. ¡Viva España!
He dicho.
(P.D.: Y gracias, Suiza: el favor ha sido impagable de verdad).

lunes, 5 de julio de 2010

Panzers a la vista

Pues sí: la Roja ya ha hecho historia, a pesar de que algo así parezca de mal gusto a algunos profesionales de nuestra, por otra parte, erudita y sensible prensa deportiva. No fue fácil, claro que no. Tal y como se presumía, los chicos del Tata Martino hicieron lo mejor que saben hacer (no dejar jugar al rival) para intentar llevarse el gato al agua y ¡vive Dios! que a punto estuvieron de lograrlo. Porque si Casillas (y van...) no hubiese hecho gala de su sagrada aureola o el árbitro (a mi juicio nefasto como él solo) hubiese estado un poco menos desatinado, los nuestros habrían palmado sí o sí, y hoy la prensa cainita estaría haciendo filetes con Del Bosque... y con alguno de sus jugadores.

A mí me encantó el sistema defensivo de Paraguay, su extraordinario despliegue físico y la capacidad de sus jugadores para tapar a los nuestros, aunque también considero que, de haber pasado ellos (felicitaciones aparte, claro) hubiera sido un poco menos justo el fútbol. Porque, independientemente de la legitimidad de jugar este deporte como cada cual quiera (faltaría más), la realidad es siempre tozuda, o suele serlo, y los equipos que han prescindido de un centro del campo creador y de un fútbol más imaginativo se han ido quedando por el camino como las migas de pan de Pulgarcito. Ahí están la rácana Inglaterra capelliana que ha tirado al retrete su inmenso potencial, la orgullosa canarinha de Dunga o la descompensada Argentina del siempre inefable Maradona. Puede parecer ventajista hablar de ellos en tono recriminador por el pobre fútbol practicado o por el diseño de las respectivas escuadras, lo reconozco. A veces, el equipo férreo, disciplinado hasta la extenuación, solidario y resultadista llega bien lejos (que se lo cuenten si no a Mourinho o a Benítez), pero esta vez no ha sido así, y la única selección superviviente que practica este catecismo es el bien armado conjunto charrúa de Oscar Washington Tabarez. ¡Andense con ojo Van Maarwijk y sus herejes!

No, las escuadras férreas se han ido cayendo una tras otra, con la culminación del estrépito en el caso de la albiceleste de Diego Armando, genial como nadie en la motivación de sus jugadores, poco afortunado en todo lo demás, incluyendo un centro del campo muy descuidado y despoblado sobre el que los Panzers de Joachim Löw pasaron una y otra vez como los tanques de verdad sobre Polonia y Francia, haciendo papilla cuanto caía bajo sus cadenas. Alemania, de la mano de este nuevo Erwin Rommel, está irreconocible: mueve el balón con criterio, rapidez y vistosidad, defiende con su acostumbrada y granítica solidez, es letal en ataque, abarca jugadores venidos de medio mundo y... es el miura que tenemos que lidiar. Ahí es nada.

Dos cosas a favor: una, que nadie nos cuelga ya el cartel de favoritos, después de las exhibiciones de los germanos ante Australia, Inglaterra y Argentina, lo que supone quitarse una buena carga de presión de encima, y dos, que los alemanes previsiblemente no saldrán a verlas venir, como han hecho todos los rivales de España hasta el momento, lo que permitiría a los nuestros hacerse con la posesión del balón, algo que no saldrá gratis, desde luego. Y es bueno que las euforias estén esta vez del otro lado, pues ya se sabe que envenenan la mente tanto como el cuerpo.

Una sola cosa en contra: Alemania. Nada menos. Deutschland über alles.

Suerte, campeones.

sábado, 26 de junio de 2010

Soy un ignorante

Pues sí, lo confieso: no entiendo una jota de fútbol. Voy contra corriente, no atino. Vamos, que hay poca diferencia entre el menda y Pierre Nodoyuna, sólo me faltaría mi diabólico peggo Patáánn. Lo digo porque, a mi entender modesto y de aficionado de a pie, el de ayer fue en términos generales el mejor partido de los tres que ha disputado hasta el momento la selección española. Auxiliada oportunamente por la tonta expulsión de un jugador rival, sí. Pero insisto: en términos generales, el que me dejó mejor sabor de boca. Práctico y con oficio, sin perder la compostura ante los animosos embates de los duros y correosos jugadores chilenos, y aprovechando con letal eficacia las pocas ocasiones disfrutadas. Mucho mejor así, haciendo pleno 2 de 2, que 0 de 4, como sucedió contra Suiza, por no hablar del correcalles frente a Honduras en el que sólo la jugada del segundo gol de Villa fue fruto de la labor colectiva. En la segunda parte, y tras el susto que supuso el gol de Millar para los pupilos de Bielsa, con la entrada de Cesc Fábregas, el equipo recuperó su mayor virtud: posesión, control y toque. Quizá podría ser buen momento para que Del Bosque (que sabe de fútbol más que yo una eternidad) se planteara si de verdad merece la pena jugar con Xabi Alonso como segundo medio centro, en lugar de hacerlo sólo con Xavi Hernández, apoyado por medios volantes como el de Arenys de Mar, Silva o Iniesta. Fernando Torres sigue recuperando el tono poco a poco, y no me cabe duda de que, si el equipo sigue adelante, mostrará su mejor cara conforme gane en minutos de juego.
Pero en sentido contrario a mi propia opinión escriben hoy ilustres (esta vez sin ironía) plumas del periodismo deportivo español, como Roberto Palomares en MARCA o Juanma Trueba en el AS. El primero no duda en afirmar que el de ayer fue el peor partido de España. El segundo, más comedido, lo califica de trabajo muy profesional, aludiendo al oficio desplegado y a la efectividad mostrada frente a la portería rival. Estoy de acuerdo en que los veinte primeros minutos fueron de color chileno, salvo un breve lapso en que los nuestros intentaron combinar pases en el medio campo. Y también que probablemente España marcó cuando menos lo merecía (la ejecución de Villa, dificilísima, aunque la portería estuviese desguarnecida). Pero ahí se acabó el cuento. Chile acusó el golpe, y los nuestros ofrecieron una versión más acorde a lo que estamos acostumbrados (aun estando a respetable distancia de su mejor nivel): presión en la salida del balón rival, solidez defensiva y zarpazo letal, léase Iniesta.
La segunda parte, dejando a un lado la excesiva confianza inicial, fue un monólogo español. Más aún con la salida de Cesc al campo. Ahí, poco a poco, se recuperó la mejor versión del juego propio: toque, toque, toque, toque... y el rival, al final, agotado y sin fuerzas para remontar, conforme con un marcardor que les valía también para pasar a la siguiente ronda. Fin del capítulo.
Puede que frente a Suiza la posesión fuese mucho más completa, pero el dominio fue estéril, las ocasiones escasas y la mentalidad (como bien apuntó Luis Aragonés) inadecuada, fruto del opio periodístico entre otras cosas. Y frente a Honduras, yo vi a un equipo extremadamente nervioso, impreciso hasta la exasperación, y apremiado por la urgencia. Un equipo que resolvió gracias a sus individualidades, pero que abandonó por completo la idea de fútbol colectivo, confiado a lo que pudiese hacer un solitario, desasistido (y, por ende) desacertado Jesús Navas y a lo que pudiesen inventar Villa o Torres en ataque, sin apenas conexión con el medio campo, y abusando del pase largo, "A Capella", justo como sucedió en los primeros minutos del choque de ayer.
Seguramente, el choque frente a Chile no habrá sido como para tirar cohetes. Ni tampoco es una muestra de que España ha recuperado su mejor versión, pero al menos sí indicaría (siempre bajo mi humilde y tosca lupa) que se puede estar en el camino del ascenso, de ir de menos a más, y no de más a menos como nos ha sucedido en tantas otras ocasiones pretéritas. La finalización en lo físico estuvo mejor que frente a Honduras, con los nuestros derrengados por el sobreesfuerzo. Y lo más importante es que seguimos sin levantar excesivas pasiones ni ser considerados como favoritos. Eso, de verdad, no tiene precio.
Nos esperan nuestros hermanos ibéricos. Y el duelo ciertamente tiene morbo. No ya por la presencia de viejos conocidos como CR9, Pepe, Deco y Duda entre los lusos, sino porque Del Bosque se enfrenta a Queiroz, el hombre que le sucedió en el banquillo merengue, y con el que se iniciaron las desgracias de la primera era florentiniana. Aunque la culpa no fuese del todo suya.
El martes, la cita. Suerte, campeones.
He dicho.

jueves, 24 de junio de 2010

Si ves arder las barbas del vecino...

Este campeonato del mundo de fútbol no va a pasar a la historia (o al menos así parece de momento) por la brillantez pasmosa del fútbol practicado por las selecciones participantes. Por ahora, sólo la Alemania más mestiza de la historia (que incluye en sus filas a futbolistas de origen brasileño, tunecino, español, ghanés, polaco y turco) ha dejado buenas sensaciones de juego. Eso sí, frente a un rival teóricamente muy inferior. Luego, ha tenido que tirar de casta y oficio. Y por otro lado, tenemos a la Argentina de Maradona que, sin tener un equipo muy compensado asusta al más pintado con los nombres que conforman su temible ataque. Uruguay ha hecho una primera fase práctica y limpia, mostrando oficio y buenas maneras, lo mismo que México o Estados Unidos, que confirma las buenas sensaciones que dejó el año pasado en la ConfeCup.

Pero en el otro lado... ¡Ay! Aquellos que iban de gallitos están perdiendo las plumas. Cuando no las plumas, la cresta y el pico, como ha sucedido con la selección francesa (cuyo emblema es, irónica y precisamente, un gallo) en medio de un papelón digno del más enrevesado y truculento culebrón venezolano, y que ha obligado al mismísimo Sarkozy a tomar cartas en el asunto. La Inglaterra capelliana, obedeciendo sumisamente las pautas de su entrenador, está llevando hasta el límite el juego práctico que siempre acompañó a los equipos del ilustre técnico de Gorizia, experto como nadie en sacar mucho de poco. De poco fútbol, se entiende. Si no meto más el dedo en la llaga es porque la experiencia ha demostrado (sobradamente además) que no se debe nunca menospreciar la labor de un técnico como Fabio, que conoce como nadie el arte de ganar. Feo, sí. A la italiana, completamente. Pero ganar, que es lo único que cuenta al final.

Y las campanadas no han acabado aún. En nombrando a los reyes de Roma, es decir, a los azzurri, hete aquí que también se han quedado compuestos y sin mundial, abandonados por esa fortuna, suerte o (en plata), potra que casi siempre había sido su más fiel compañera de viaje desde que en el mundial de 1982 pasaron la fase de liguilla con tres empates y apenas uno o dos goles en el saco. Luego, llegado el momento de la verdad, se cepillaron a Brasil y a Argentina como quien se come una aceituna y un maní, e hicieron lo propio con Polonia y la blindada Alemania en la final. Esta vez, el presidente Giorgio Napolitano no podrá emular a aquel simpático Sandro Pertini que, con ochenta y seis años a cuestas, saltaba en el palco del Bernabéu como un tifosi más, abrazando al rey de España cual compinche del bar de la esquina.

Quizá no sea casualidad que Italia y Francia (es decir, las todavía campeona y subcampeona mundiales) se hayan quedado en la cuneta. Ambas cuentan entre sus filas con ilustres veteranos que están a un paso, o quizá menos, de colgar las botas. Están necesitadas de sendos y urgentes relevos generacionales y, según parece, de que entre aire fresco en sus banquillos. Italia al menos ha sido fiel a su estilo de siempre, sólo que esta vez, tal y como cantaba Rafa Sánchez al frente de La Unión, la fortuna se ha reído de ellos. Lo de Francia parece menos justificable, y sólo puedo pensar en la carencia de un auténtico líder fuera de serie como hace cuatro años fue Zinedine Zidane. Sí, ése al que los nuestros iban a jubilar, según el MARCA.

Pero, después de todo, transalpinos y galos no me inquietan. Son países perros viejos en esto del fútbol, y no me cabe la menor duda de que antes o después saldrán adelante de nuevo. Ahora me preocupan un poco más los nuestros, La Roja. Esa selección que después de haber hecho una fase de clasificación inmaculada se está encontrando ahora con una auténtica guerra de trincheras, en la que sólo el poder artillero cuenta. Mañana nos esperan los bravos araucanos de Marcelo Bielsa (un hombre humilde y a la vez sabio como pocos), mordiendo el cuchillo entre los dientes, dispuestos a sajar, correr, sudar. Y frente a equipos peleones y amantes del pressing-catch, los nuestros han sabido hacer buena su mejor arma: el toque rápido y preciso de balón, hacer correr inútilmente al adversario, marearle y agotarle como el perrito que corre tras su rabo, y de súbito... ¡zas! Zarpazo a la yugular, y la sangría termina por agotar al rival hasta dejarle exangüe, sin resuello, y rendido.

¿Serán capaces los chicos de Del Bosque de recordar lo que saben hacer? ¿Serán fieles a su estilo? ¿Podrán jugar libres de presión externa, una vez perdido el cartel de favoritos? ¿Harán correr a los chilenos, desgastándoles hasta darles el golpe de gracia? ¿O caerán víctimas de su propia necesidad y de la necedad del entorno que durante semanas les ha hecho creer (el trágico error de siempre) que este iba a ser su mundial? La incógnita está servida. Eso sí: el fracaso ante Suiza y el espejismo (¿quién dijo buen partido?) frente a Honduras no invitan precisamente al optimismo. Chile está demostrando ser la escuadra más sólida de este grupo, aunque sólo haya resuelto sus encuentros por la mínima. Cuidadín, cuidadín...

Por lo pronto, y tal día como hoy (San Juan) puedo ver hogueras ardiendo sobre los antaño poblados semblantes de franceses e italianos. Más les vale a los nuestros atarse los machos, porque ya se sabe: cuando las barbas del vecino veas arder...

Suerte, campeones.

He dicho.

jueves, 17 de junio de 2010

Un sabio frente a un necio

A Luis Aragonés se le conoce, y no en vano, como El Sabio de Hortaleza. Porque sí, bajo su peculiar personalidad, y su fuerte (a veces explosivo) carácter, se esconde una persona honesta que sabe lo suyo de fútbol, que nació en esa localidad madrileña y tal, y que (aquí viene lo importante) no tiene pelos en la lengua a la hora de expresar lo que siente o le ronda por el magín. Eso mismo le llevó en el pasado a sostener fuertes y acalorados encontronazos con Jesús Gil cuando entrenaba a su Atlético de siempre bajo el mandato del fallecido ex alcalde de Marbella. Eso mismo le llevó a enfrentarse con periodistas de medio pelo, de esos que tanto abundan en este país junto a políticos mediocres y curas fanáticos, para desgracia nuestra. Eso mismo le llevó a prescindir de los servicios de Raúl en la selección española, sin que le importase granjearse la furibunda ojeriza de media España. El tiempo acabó dándole la razón en todo, aunque más de una vez se viese obligado, quien sabe por qué razones, a incumplir su palabra. Por ejemplo, cuando tras el mundial de Alemania y la caída de España ante la Francia de Zidane (aquél a quien se suponía que los nuestros iban a jubilar y que se marcó un partidazo como el sombrero de un picador), dijo que abandonaba la selección y después continuó en el cargo hasta la Euro. Felizmente.

Pues bien, el de Hortaleza ha abierto la boca para la cadena qatarí Al-Jazeera. Esa misma que nos informaba puntualmente del último Hit de ese peligroso terrorista llamado Osama Bin Laden que, no se sabe por medio de qué artes, lleva una década larga eludiendo la persecución de la máquina bélica y de espionaje más potente del mundo. Pero volvamos a lo nuestro. Aragonés comentó el partido España-Suiza de ayer para la cadena en cuestión, y su juicio sobre el mismo no ha podido ser, en mi humilde opinión, más certero. De él, me permito entresacar las siguientes ideas básicas:
  • "El cartel de favoritos hay que demostrarlo, y mientras no lo hagamos no somos favoritos para nada."
  • "El problema (de la selección) viene de lejos, no de ayer."
  • "España dominó, pero no tuvo la lucidez para gestionar el partido físicamente ni con una mentalidad ganadora."
  • "Nunca tuvo España el convencimiento de Suiza, que siendo inferior supo siempre qué debía hacer."
  • "Nadie gana, no ya un título, sino un partido antes de jugarlo."
Sobra decir que coincido plenamente, punto por punto, con lo expresado por Luis Aragonés. Este juicio es, en mi opinión, clarividente como pocos. Y no en vano otras voces distintas y mucho más entendidas que la mía habían advertido ya contra el efecto pernicioso de la prensa exaltada y de los halagos empalagosos. No importa lo bueno que seas o puedas ser: si te lo crees, estás perdido. Y ayer los jugadores españoles, sin duda muy a su pesar, se lo creyeron. Porque es muy difícil aislarse por completo del ambiente de euforia creado a su alrededor, y ese ambiente ponzoñoso ha creado la confianza que no se debe tener. No la que surge de la fe en uno mismo y de la capacidad para superar adversidades, sino aquella otra que lleva a menospreciar a los rivales y a creer que sin apenas esfuerzo se podrán sacar los partidos adelante. Gerard Piqué lo expresó bien claro: a ver si nos quitáis el cartel de favoritos. Y yo en su lugar habría añadido ¡Collons!

Frente a esta postura, que no por repetida deja tristemente de ser cierta, se alzan las voces de los de siempre, de los vendedores de humo, de aquellos irresponsables que con tal de vender periódicos y ganar audiencias son capaces hasta de perjudicar a nuestra selección de fútbol. No creo que lo hagan conscientemente, más bien creo que son lo bastante necios como para no darse cuenta de la realidad que, insistente y machaconamente, viene demostrando lo mismo cada cuatro años: España no ha sido ni es favorita para ganar un Mundial. Porque el necio (del latín ne scio, el que no sabe) ni es capaz de aprender lecciones pretéritas, ni mucho menos será capaz de reconocer un error. Algo semejante me vino anoche a la mente al escuchar la voz de José Ramón de La Morena en El Larguero. Como quien oye llover, el hombre: erre que erre, y venga a entrevistar a los jugadores e insistir sobre lo mismo. Que seguimos siendo favoritos. Sólo el mencionado Piqué fue capaz de protestar con claridad, como ya he dicho. Otros como Xavi fueron un poco más sutiles. Pero es que anoche, para el susodicho, todo valió. Incluso desmenuzar el sistema táctico empleado por Del Bosque (que si un medio centro o dos) o sacar a relucir (¡manda huevos!, que diría el ilustre Trillo) el bajo estado de forma por lesiones recientes de Torres o Cesc, de la fragilidad de los músculos de Iniesta, o del cansancio de Villa. Por no mencionar un par de veladas e insidiosas puntas hacia el arbitraje del inglés Webb, quien nada tuvo que ver en la derrota de ayer. Antes nadie se cuestionaba tales cosas, pero ahora... Todo vale, insisto Sixto, con tal de no mirarse el ombligo y reconocer de una maldita y puñetera vez que ellos, los mensajeros, han tenido buena parte de culpa en lo sucedido, y que el cartel de favorito es veneno para la selección española. La perla del locutor madrileño fue, sin duda, comentarle a Piqué que este país lo está pasando muy mal y que tiene muchas ilusiones en lo que puedan hacer ellos. Con dos bemoles, el tío. En una palabra: nauseabundo.

Pero no me refiero sólo al periodista de la SER. Digo ellos, porque lamentablemente otros muchos piensan así (Inda, Relaño, Casanovas, etc.) y, lamentablemente, se han apuntado al sempiterno carro del Garry Owen. Esos mismos ahora no dudan en encender las luces de alarma ante lo que se nos viene encima: margen de error cero ante rivales que ya no son tan débiles como se presumía (especialmente Chile). Amén de una fuerte presión añadida, hija bastarda de una confianza que nunca debió existir. No me cabe duda de que estarán todos ellos afilando las navajas de Sweeney Todd en la trastienda, por si acaso los chicos de Del Bosque no pasan de la primera fase. Que bien (o mal) podría suceder.

He dicho.

miércoles, 16 de junio de 2010

Odio tener razón

Ja. Ja. Ja.

No me estoy riendo de nuestros futbolistas o cuerpo técnico, y va en serio. Dios me libre y me proteja siempre de cometer semejante atropello. Pero no puedo por menos que hacerlo al pensar en la cara de gilipuertas (ya he usado antes esta expresión) que se les habrá quedado a todos aquellos que vaticinaban poco menos que una goleada ante la "débil" Suiza que, tal y como hicieran los americanos hace cosa de un añito, nos han puesto en nuestro sitio. Y sin que se pueda objetar gran cosa, la verdad. Porque sí, los suizos apenas han jugado al fútbol que los nuestros hubiesen querido, apenas han dejado resquicios por donde entrar. Feo y resultón, sí, pero absolutamente inobjetable. Han jugado el partido que más les convenía, buscando el fallo de un rival anestesiado, sin capacidad de desborde y lenta circulación de balón. Han jugado duro, supermotivados, conscientes de su papel de Cenicienta y... mira por dónde, acaban de dar la campanada. O el cencerrazo, que les es más propio.

Escribo esto después de la tortura que ha supuesto escuchar la INFAME retransmisión de Tele 5 (la única que lo hacía en abierto), con Paco González, J.J. Santos, Camacho y Guillermo Amor a cada cual más pesado, reiterativo, irrespetuoso con el rival e insoportable. Sólo rescato una frase de Paco González, cuando hacía referencia al bofetón que suponía este resultado. No para los jugadores españoles, desde luego, sino para ellos. Para todos quienes desde la insensatez y la euforia injustificadas han hecho a los nuestros campeones antes de tiempo. Esa ha sido una de las dos verdades que han salido de su boca. La otra es la afirmación de que éste era el único partido que se podía perder. Ya no hay más margen de error. Otra derrota, una sola, y a casa. En lo que resta de mundial.

Vamos a hacer realidad el sueño de todo un país.

Queremos alzanos con la copa.

Pasión por la Roja.

Y bla, bla, bla...

Por cosas como las que han sucedido hoy, España no puede jamás ser favorita para ganar un mundial. Porque sencillamente, y al contrario que Italia, Argentina o Alemania carece de oficio e ideas para remontar situaciones adversas. Si España te mete un gol y tienes que abrir el campo, Vae victis. Pero si no, si la fortuna siempre tan esquiva te sonríe a ti primero, tienes muchísimas posibilidades de llevarte el gato al agua. No nos va el papel de favoritos, no tenemos experiencia ni mentalidad para llevar algo semejante. Todo lo contrario, nos va muchísimo más el papel de lobo bajo piel de cordero, que fue justamente lo que nos sucedió en la Euro de hace dos años.

Aún así, debe haber margen para la confianza desde la serenidad. España tiene un grandísimo equipo, probablemente el mejor de toda su historia. Dejémosles en paz, por Dios. Ellos por lo menos ya han podido experimentar una realidad: no va a ser tan fácil como tantos y tantos idiotas radiofónicos y plumas manirrotas habían vaticinado (no les costaba nada, después de todo). Si esto lo han aprendido, si ya son conscientes de que nadie les va a regalar nada y que casi todos los partidos que tienen por delante serán más o menos como éste, algo habremos avanzado. Pero eso sí, quedan por delante dos miuras de cuidado (Chile sólo pudo doblegar a los hondureños de chiripa), y habrá que sudar muchísimo para vencerles.

Suerte, campeones. Olvidaos de este país, de sus gentes y su inmunda prensa deportiva. Sólo tened fe en vosotros mismos. Sólo eso. Animo y a levantarse.

Y en cuanto a los demás, ojalá tuviera el poder de suturarles la bocaza.

He dicho.

El inicio de la gran cita

Una vez iniciado el periplo mundialista, y a las puertas del debut de la selección española, regreso a mi pequeño espacio virtual para dejar constancia de mis primeras impresiones acerca de lo visto hasta ahora. No es que dé para mucho, pero siempre hay algo que comentar después de tantos partidos disputados. Mal caso si lo contrario fuese cierto.

Lo primero que salta a la vista es que los pequeños se rebelan cada vez más y con más insistencia ante equipos que, sólo por oficio y experiencia, deberían como mínimo ganarles. Quién si no iba a pensar que los surcoreanos (qué lejos queda aquel rebaño de pulgas corretonas vestidas de rojo) iban a raparles la cabellera a los siempre correosos griegos, o que sus hermanastros del norte, esgrimiendo apenas cuatro rudimentos balompédicos, iban a obligar a la pentacampeona Brasil a pedir la hora, o que los samurais japoneses iban a dejar a los gallitos de Camerún sin plumas ni crestas (me imagino las caras de decepción del león Roger Milla y sus ilustres y veteranos compañeros al ver el pobre espectáculo ofrecido por los Webó, Eto´o y compañía). Quién se atrevería a predecir que Nueva Zelanda iba por fin a sumar un resultado mundialista decente ante una Eslovaquia presuntamente más curtida. Lo de Sudáfrica frente a México no me resulta tan extraño, como tampoco el empate logrado por los norteamericanos frente a los ingleses capellianos. Antecedentes hay, y en este país los tenemos claritos y recientes, con unos y otros. O deberíamos. Tan sólo Australia, barrida por la caballería pesada teutónica, ha hecho honor a la condición que se le presumía. No deja ser irónico que el paladín de la resurrección germana sea otomano de origen, y que los neandertales centroeuropeos (por cierto, el valle de Neanderthal está en Alemania, y no por casualidad) hayan incorporado sangre foránea (española, brasileña y turca) para poder, por fin, jugar al fútbol con algo más que Panzers, la Gran Bertha y los obuses Leopold. Así que el primer punto consistiría en resaltar el tópico de que no hay enemigo pequeño, porque así lo parece.

Y digo que lo parece, porque la jornada inicial es siempre muy engañosa. La consigna universal es no perder, y quizá por eso precisamente el resultado más repetido haya sido el empate. En cuatro ocasiones a un gol, y en otras dos, tablas nulas. No hablemos ya de juego bonito y espectacular, ese gran sacrificado. Al contrario, predomina la estrategia de tablero de ajedrez, así como el equipo bien conjuntado, disciplinado, plantado y solidario, a veces obrero a veces soldado, pero siempre atento y dedicado. Y a estas alturas, tras unos cuantos mundiales ya vistos, nadie debería creer que resultados como el de Italia presagian males para los transalpinos, expertos como nadie en llegar hasta el final en perfectas condiciones y ganar contra pronóstico, de forma rácana y artesanal, pero con un oficio envidiable y una eficacia más allá de toda duda. De la misma manera, nadie debería creer que la evidente descompensación del conjunto argentino (una defensa de acero y una delantera que, por sus solos nombres, sería capaz de provocar la micción involuntaria del mismísimo Capitán Trueno) les excluye de los pronósticos. Un razonamiento muy similar cabe hacer respecto a la canarihna, tras el pobre espectáculo ofrecido ayer frente a los estalinistas pero disciplinados norcoreanos. Mal haya quien así de mal piense.

Sí que me aventuro a ser agorero en lo tocante a Portugal, de la mano de un Queiroz que, como segundo de Ferguson en el ManU puede haber sido la milk (o leite), pero que como capitán de navío aún no ha demostrado nada de nada. Nuestros hermanos ibéricos carecen de buenos pasadores en largo, algo que sus delanteros necesitan como agua de mayo para hacer buenas sus innegables cualidades. Las selecciones africanas son aún una incógnita (lo de Ghana está cogido por los pelos, Costa de Marfil tiene mucho músculo pero escaso instinto asesino con Drogba a medio gas y Camerún deberá andarse con mucho tiento). En cuanto a los sudamericanos, y a la espera de lo que pueda mostrar Chile, Uruguay y Paraguay han demostrado más oficio que talento.

Ya sé que el talento, por sí solo no dice nada. ¡Que se lo digan a los italianos! Pero tampoco vendría mal que se lo recordaran a los nuestros. No a los jugadores españoles, ojo, sino a los insensatos de siempre que dan a los nuestros como favoritos por el solo hecho de la Eurocopa y la brillante fase de clasificación, ignorando que todo eso ya no sirve a estas alturas para nada, que hay que hacer borrón y cuenta nueva, que empezamos de cero, y que los suizos se parecerán más a un grupo de piratas cuchillo en boca (mucho cuidado con los cánticos aduladores de ese viejo zorro tudesco llamado Ottmar Hitzfeld) que a una fundue. Un resultado aceptable para este que suscribe: un 1-0. Lo suficiente para ganar sin despertar euforias desatadas, para mantener la concentración de los jugadores, y también para recordar a los especialistas en intoxicación informativa (yujuuuu, De La Morenaaaa...) que hay muchísimo pescado por vender, que esto no ha hecho más que comenzar, y que es mucho más importante el final que el inicio.

Y fuera de asunto (off-topic): mis felicitaciones al Caja Laboral de Vitoria por la conquista de la Liga ACB de baloncesto contra todo pronóstico y tras dejar en cueros al todopoderoso eurocampeón Barça (yujuuuu, Caraazoooo....). No simpatizo con el histriónico montenegrino Dusko Ivanovic, pero hay que reconocer que darle la vuelta a los pronósticos (que apuntaban en no pocos casos un 3-0 favorable a los catalanes, yujuuuuu, Treceeeet) tiene mucho, mucho mucho mérito. Y de paso, sirve de ejemplo para otros.

He dicho