Ni siquiera la muerte podrá separarnos ...

sábado, 26 de junio de 2010

Soy un ignorante

Pues sí, lo confieso: no entiendo una jota de fútbol. Voy contra corriente, no atino. Vamos, que hay poca diferencia entre el menda y Pierre Nodoyuna, sólo me faltaría mi diabólico peggo Patáánn. Lo digo porque, a mi entender modesto y de aficionado de a pie, el de ayer fue en términos generales el mejor partido de los tres que ha disputado hasta el momento la selección española. Auxiliada oportunamente por la tonta expulsión de un jugador rival, sí. Pero insisto: en términos generales, el que me dejó mejor sabor de boca. Práctico y con oficio, sin perder la compostura ante los animosos embates de los duros y correosos jugadores chilenos, y aprovechando con letal eficacia las pocas ocasiones disfrutadas. Mucho mejor así, haciendo pleno 2 de 2, que 0 de 4, como sucedió contra Suiza, por no hablar del correcalles frente a Honduras en el que sólo la jugada del segundo gol de Villa fue fruto de la labor colectiva. En la segunda parte, y tras el susto que supuso el gol de Millar para los pupilos de Bielsa, con la entrada de Cesc Fábregas, el equipo recuperó su mayor virtud: posesión, control y toque. Quizá podría ser buen momento para que Del Bosque (que sabe de fútbol más que yo una eternidad) se planteara si de verdad merece la pena jugar con Xabi Alonso como segundo medio centro, en lugar de hacerlo sólo con Xavi Hernández, apoyado por medios volantes como el de Arenys de Mar, Silva o Iniesta. Fernando Torres sigue recuperando el tono poco a poco, y no me cabe duda de que, si el equipo sigue adelante, mostrará su mejor cara conforme gane en minutos de juego.
Pero en sentido contrario a mi propia opinión escriben hoy ilustres (esta vez sin ironía) plumas del periodismo deportivo español, como Roberto Palomares en MARCA o Juanma Trueba en el AS. El primero no duda en afirmar que el de ayer fue el peor partido de España. El segundo, más comedido, lo califica de trabajo muy profesional, aludiendo al oficio desplegado y a la efectividad mostrada frente a la portería rival. Estoy de acuerdo en que los veinte primeros minutos fueron de color chileno, salvo un breve lapso en que los nuestros intentaron combinar pases en el medio campo. Y también que probablemente España marcó cuando menos lo merecía (la ejecución de Villa, dificilísima, aunque la portería estuviese desguarnecida). Pero ahí se acabó el cuento. Chile acusó el golpe, y los nuestros ofrecieron una versión más acorde a lo que estamos acostumbrados (aun estando a respetable distancia de su mejor nivel): presión en la salida del balón rival, solidez defensiva y zarpazo letal, léase Iniesta.
La segunda parte, dejando a un lado la excesiva confianza inicial, fue un monólogo español. Más aún con la salida de Cesc al campo. Ahí, poco a poco, se recuperó la mejor versión del juego propio: toque, toque, toque, toque... y el rival, al final, agotado y sin fuerzas para remontar, conforme con un marcardor que les valía también para pasar a la siguiente ronda. Fin del capítulo.
Puede que frente a Suiza la posesión fuese mucho más completa, pero el dominio fue estéril, las ocasiones escasas y la mentalidad (como bien apuntó Luis Aragonés) inadecuada, fruto del opio periodístico entre otras cosas. Y frente a Honduras, yo vi a un equipo extremadamente nervioso, impreciso hasta la exasperación, y apremiado por la urgencia. Un equipo que resolvió gracias a sus individualidades, pero que abandonó por completo la idea de fútbol colectivo, confiado a lo que pudiese hacer un solitario, desasistido (y, por ende) desacertado Jesús Navas y a lo que pudiesen inventar Villa o Torres en ataque, sin apenas conexión con el medio campo, y abusando del pase largo, "A Capella", justo como sucedió en los primeros minutos del choque de ayer.
Seguramente, el choque frente a Chile no habrá sido como para tirar cohetes. Ni tampoco es una muestra de que España ha recuperado su mejor versión, pero al menos sí indicaría (siempre bajo mi humilde y tosca lupa) que se puede estar en el camino del ascenso, de ir de menos a más, y no de más a menos como nos ha sucedido en tantas otras ocasiones pretéritas. La finalización en lo físico estuvo mejor que frente a Honduras, con los nuestros derrengados por el sobreesfuerzo. Y lo más importante es que seguimos sin levantar excesivas pasiones ni ser considerados como favoritos. Eso, de verdad, no tiene precio.
Nos esperan nuestros hermanos ibéricos. Y el duelo ciertamente tiene morbo. No ya por la presencia de viejos conocidos como CR9, Pepe, Deco y Duda entre los lusos, sino porque Del Bosque se enfrenta a Queiroz, el hombre que le sucedió en el banquillo merengue, y con el que se iniciaron las desgracias de la primera era florentiniana. Aunque la culpa no fuese del todo suya.
El martes, la cita. Suerte, campeones.
He dicho.

jueves, 24 de junio de 2010

Si ves arder las barbas del vecino...

Este campeonato del mundo de fútbol no va a pasar a la historia (o al menos así parece de momento) por la brillantez pasmosa del fútbol practicado por las selecciones participantes. Por ahora, sólo la Alemania más mestiza de la historia (que incluye en sus filas a futbolistas de origen brasileño, tunecino, español, ghanés, polaco y turco) ha dejado buenas sensaciones de juego. Eso sí, frente a un rival teóricamente muy inferior. Luego, ha tenido que tirar de casta y oficio. Y por otro lado, tenemos a la Argentina de Maradona que, sin tener un equipo muy compensado asusta al más pintado con los nombres que conforman su temible ataque. Uruguay ha hecho una primera fase práctica y limpia, mostrando oficio y buenas maneras, lo mismo que México o Estados Unidos, que confirma las buenas sensaciones que dejó el año pasado en la ConfeCup.

Pero en el otro lado... ¡Ay! Aquellos que iban de gallitos están perdiendo las plumas. Cuando no las plumas, la cresta y el pico, como ha sucedido con la selección francesa (cuyo emblema es, irónica y precisamente, un gallo) en medio de un papelón digno del más enrevesado y truculento culebrón venezolano, y que ha obligado al mismísimo Sarkozy a tomar cartas en el asunto. La Inglaterra capelliana, obedeciendo sumisamente las pautas de su entrenador, está llevando hasta el límite el juego práctico que siempre acompañó a los equipos del ilustre técnico de Gorizia, experto como nadie en sacar mucho de poco. De poco fútbol, se entiende. Si no meto más el dedo en la llaga es porque la experiencia ha demostrado (sobradamente además) que no se debe nunca menospreciar la labor de un técnico como Fabio, que conoce como nadie el arte de ganar. Feo, sí. A la italiana, completamente. Pero ganar, que es lo único que cuenta al final.

Y las campanadas no han acabado aún. En nombrando a los reyes de Roma, es decir, a los azzurri, hete aquí que también se han quedado compuestos y sin mundial, abandonados por esa fortuna, suerte o (en plata), potra que casi siempre había sido su más fiel compañera de viaje desde que en el mundial de 1982 pasaron la fase de liguilla con tres empates y apenas uno o dos goles en el saco. Luego, llegado el momento de la verdad, se cepillaron a Brasil y a Argentina como quien se come una aceituna y un maní, e hicieron lo propio con Polonia y la blindada Alemania en la final. Esta vez, el presidente Giorgio Napolitano no podrá emular a aquel simpático Sandro Pertini que, con ochenta y seis años a cuestas, saltaba en el palco del Bernabéu como un tifosi más, abrazando al rey de España cual compinche del bar de la esquina.

Quizá no sea casualidad que Italia y Francia (es decir, las todavía campeona y subcampeona mundiales) se hayan quedado en la cuneta. Ambas cuentan entre sus filas con ilustres veteranos que están a un paso, o quizá menos, de colgar las botas. Están necesitadas de sendos y urgentes relevos generacionales y, según parece, de que entre aire fresco en sus banquillos. Italia al menos ha sido fiel a su estilo de siempre, sólo que esta vez, tal y como cantaba Rafa Sánchez al frente de La Unión, la fortuna se ha reído de ellos. Lo de Francia parece menos justificable, y sólo puedo pensar en la carencia de un auténtico líder fuera de serie como hace cuatro años fue Zinedine Zidane. Sí, ése al que los nuestros iban a jubilar, según el MARCA.

Pero, después de todo, transalpinos y galos no me inquietan. Son países perros viejos en esto del fútbol, y no me cabe la menor duda de que antes o después saldrán adelante de nuevo. Ahora me preocupan un poco más los nuestros, La Roja. Esa selección que después de haber hecho una fase de clasificación inmaculada se está encontrando ahora con una auténtica guerra de trincheras, en la que sólo el poder artillero cuenta. Mañana nos esperan los bravos araucanos de Marcelo Bielsa (un hombre humilde y a la vez sabio como pocos), mordiendo el cuchillo entre los dientes, dispuestos a sajar, correr, sudar. Y frente a equipos peleones y amantes del pressing-catch, los nuestros han sabido hacer buena su mejor arma: el toque rápido y preciso de balón, hacer correr inútilmente al adversario, marearle y agotarle como el perrito que corre tras su rabo, y de súbito... ¡zas! Zarpazo a la yugular, y la sangría termina por agotar al rival hasta dejarle exangüe, sin resuello, y rendido.

¿Serán capaces los chicos de Del Bosque de recordar lo que saben hacer? ¿Serán fieles a su estilo? ¿Podrán jugar libres de presión externa, una vez perdido el cartel de favoritos? ¿Harán correr a los chilenos, desgastándoles hasta darles el golpe de gracia? ¿O caerán víctimas de su propia necesidad y de la necedad del entorno que durante semanas les ha hecho creer (el trágico error de siempre) que este iba a ser su mundial? La incógnita está servida. Eso sí: el fracaso ante Suiza y el espejismo (¿quién dijo buen partido?) frente a Honduras no invitan precisamente al optimismo. Chile está demostrando ser la escuadra más sólida de este grupo, aunque sólo haya resuelto sus encuentros por la mínima. Cuidadín, cuidadín...

Por lo pronto, y tal día como hoy (San Juan) puedo ver hogueras ardiendo sobre los antaño poblados semblantes de franceses e italianos. Más les vale a los nuestros atarse los machos, porque ya se sabe: cuando las barbas del vecino veas arder...

Suerte, campeones.

He dicho.

jueves, 17 de junio de 2010

Un sabio frente a un necio

A Luis Aragonés se le conoce, y no en vano, como El Sabio de Hortaleza. Porque sí, bajo su peculiar personalidad, y su fuerte (a veces explosivo) carácter, se esconde una persona honesta que sabe lo suyo de fútbol, que nació en esa localidad madrileña y tal, y que (aquí viene lo importante) no tiene pelos en la lengua a la hora de expresar lo que siente o le ronda por el magín. Eso mismo le llevó en el pasado a sostener fuertes y acalorados encontronazos con Jesús Gil cuando entrenaba a su Atlético de siempre bajo el mandato del fallecido ex alcalde de Marbella. Eso mismo le llevó a enfrentarse con periodistas de medio pelo, de esos que tanto abundan en este país junto a políticos mediocres y curas fanáticos, para desgracia nuestra. Eso mismo le llevó a prescindir de los servicios de Raúl en la selección española, sin que le importase granjearse la furibunda ojeriza de media España. El tiempo acabó dándole la razón en todo, aunque más de una vez se viese obligado, quien sabe por qué razones, a incumplir su palabra. Por ejemplo, cuando tras el mundial de Alemania y la caída de España ante la Francia de Zidane (aquél a quien se suponía que los nuestros iban a jubilar y que se marcó un partidazo como el sombrero de un picador), dijo que abandonaba la selección y después continuó en el cargo hasta la Euro. Felizmente.

Pues bien, el de Hortaleza ha abierto la boca para la cadena qatarí Al-Jazeera. Esa misma que nos informaba puntualmente del último Hit de ese peligroso terrorista llamado Osama Bin Laden que, no se sabe por medio de qué artes, lleva una década larga eludiendo la persecución de la máquina bélica y de espionaje más potente del mundo. Pero volvamos a lo nuestro. Aragonés comentó el partido España-Suiza de ayer para la cadena en cuestión, y su juicio sobre el mismo no ha podido ser, en mi humilde opinión, más certero. De él, me permito entresacar las siguientes ideas básicas:
  • "El cartel de favoritos hay que demostrarlo, y mientras no lo hagamos no somos favoritos para nada."
  • "El problema (de la selección) viene de lejos, no de ayer."
  • "España dominó, pero no tuvo la lucidez para gestionar el partido físicamente ni con una mentalidad ganadora."
  • "Nunca tuvo España el convencimiento de Suiza, que siendo inferior supo siempre qué debía hacer."
  • "Nadie gana, no ya un título, sino un partido antes de jugarlo."
Sobra decir que coincido plenamente, punto por punto, con lo expresado por Luis Aragonés. Este juicio es, en mi opinión, clarividente como pocos. Y no en vano otras voces distintas y mucho más entendidas que la mía habían advertido ya contra el efecto pernicioso de la prensa exaltada y de los halagos empalagosos. No importa lo bueno que seas o puedas ser: si te lo crees, estás perdido. Y ayer los jugadores españoles, sin duda muy a su pesar, se lo creyeron. Porque es muy difícil aislarse por completo del ambiente de euforia creado a su alrededor, y ese ambiente ponzoñoso ha creado la confianza que no se debe tener. No la que surge de la fe en uno mismo y de la capacidad para superar adversidades, sino aquella otra que lleva a menospreciar a los rivales y a creer que sin apenas esfuerzo se podrán sacar los partidos adelante. Gerard Piqué lo expresó bien claro: a ver si nos quitáis el cartel de favoritos. Y yo en su lugar habría añadido ¡Collons!

Frente a esta postura, que no por repetida deja tristemente de ser cierta, se alzan las voces de los de siempre, de los vendedores de humo, de aquellos irresponsables que con tal de vender periódicos y ganar audiencias son capaces hasta de perjudicar a nuestra selección de fútbol. No creo que lo hagan conscientemente, más bien creo que son lo bastante necios como para no darse cuenta de la realidad que, insistente y machaconamente, viene demostrando lo mismo cada cuatro años: España no ha sido ni es favorita para ganar un Mundial. Porque el necio (del latín ne scio, el que no sabe) ni es capaz de aprender lecciones pretéritas, ni mucho menos será capaz de reconocer un error. Algo semejante me vino anoche a la mente al escuchar la voz de José Ramón de La Morena en El Larguero. Como quien oye llover, el hombre: erre que erre, y venga a entrevistar a los jugadores e insistir sobre lo mismo. Que seguimos siendo favoritos. Sólo el mencionado Piqué fue capaz de protestar con claridad, como ya he dicho. Otros como Xavi fueron un poco más sutiles. Pero es que anoche, para el susodicho, todo valió. Incluso desmenuzar el sistema táctico empleado por Del Bosque (que si un medio centro o dos) o sacar a relucir (¡manda huevos!, que diría el ilustre Trillo) el bajo estado de forma por lesiones recientes de Torres o Cesc, de la fragilidad de los músculos de Iniesta, o del cansancio de Villa. Por no mencionar un par de veladas e insidiosas puntas hacia el arbitraje del inglés Webb, quien nada tuvo que ver en la derrota de ayer. Antes nadie se cuestionaba tales cosas, pero ahora... Todo vale, insisto Sixto, con tal de no mirarse el ombligo y reconocer de una maldita y puñetera vez que ellos, los mensajeros, han tenido buena parte de culpa en lo sucedido, y que el cartel de favorito es veneno para la selección española. La perla del locutor madrileño fue, sin duda, comentarle a Piqué que este país lo está pasando muy mal y que tiene muchas ilusiones en lo que puedan hacer ellos. Con dos bemoles, el tío. En una palabra: nauseabundo.

Pero no me refiero sólo al periodista de la SER. Digo ellos, porque lamentablemente otros muchos piensan así (Inda, Relaño, Casanovas, etc.) y, lamentablemente, se han apuntado al sempiterno carro del Garry Owen. Esos mismos ahora no dudan en encender las luces de alarma ante lo que se nos viene encima: margen de error cero ante rivales que ya no son tan débiles como se presumía (especialmente Chile). Amén de una fuerte presión añadida, hija bastarda de una confianza que nunca debió existir. No me cabe duda de que estarán todos ellos afilando las navajas de Sweeney Todd en la trastienda, por si acaso los chicos de Del Bosque no pasan de la primera fase. Que bien (o mal) podría suceder.

He dicho.

miércoles, 16 de junio de 2010

Odio tener razón

Ja. Ja. Ja.

No me estoy riendo de nuestros futbolistas o cuerpo técnico, y va en serio. Dios me libre y me proteja siempre de cometer semejante atropello. Pero no puedo por menos que hacerlo al pensar en la cara de gilipuertas (ya he usado antes esta expresión) que se les habrá quedado a todos aquellos que vaticinaban poco menos que una goleada ante la "débil" Suiza que, tal y como hicieran los americanos hace cosa de un añito, nos han puesto en nuestro sitio. Y sin que se pueda objetar gran cosa, la verdad. Porque sí, los suizos apenas han jugado al fútbol que los nuestros hubiesen querido, apenas han dejado resquicios por donde entrar. Feo y resultón, sí, pero absolutamente inobjetable. Han jugado el partido que más les convenía, buscando el fallo de un rival anestesiado, sin capacidad de desborde y lenta circulación de balón. Han jugado duro, supermotivados, conscientes de su papel de Cenicienta y... mira por dónde, acaban de dar la campanada. O el cencerrazo, que les es más propio.

Escribo esto después de la tortura que ha supuesto escuchar la INFAME retransmisión de Tele 5 (la única que lo hacía en abierto), con Paco González, J.J. Santos, Camacho y Guillermo Amor a cada cual más pesado, reiterativo, irrespetuoso con el rival e insoportable. Sólo rescato una frase de Paco González, cuando hacía referencia al bofetón que suponía este resultado. No para los jugadores españoles, desde luego, sino para ellos. Para todos quienes desde la insensatez y la euforia injustificadas han hecho a los nuestros campeones antes de tiempo. Esa ha sido una de las dos verdades que han salido de su boca. La otra es la afirmación de que éste era el único partido que se podía perder. Ya no hay más margen de error. Otra derrota, una sola, y a casa. En lo que resta de mundial.

Vamos a hacer realidad el sueño de todo un país.

Queremos alzanos con la copa.

Pasión por la Roja.

Y bla, bla, bla...

Por cosas como las que han sucedido hoy, España no puede jamás ser favorita para ganar un mundial. Porque sencillamente, y al contrario que Italia, Argentina o Alemania carece de oficio e ideas para remontar situaciones adversas. Si España te mete un gol y tienes que abrir el campo, Vae victis. Pero si no, si la fortuna siempre tan esquiva te sonríe a ti primero, tienes muchísimas posibilidades de llevarte el gato al agua. No nos va el papel de favoritos, no tenemos experiencia ni mentalidad para llevar algo semejante. Todo lo contrario, nos va muchísimo más el papel de lobo bajo piel de cordero, que fue justamente lo que nos sucedió en la Euro de hace dos años.

Aún así, debe haber margen para la confianza desde la serenidad. España tiene un grandísimo equipo, probablemente el mejor de toda su historia. Dejémosles en paz, por Dios. Ellos por lo menos ya han podido experimentar una realidad: no va a ser tan fácil como tantos y tantos idiotas radiofónicos y plumas manirrotas habían vaticinado (no les costaba nada, después de todo). Si esto lo han aprendido, si ya son conscientes de que nadie les va a regalar nada y que casi todos los partidos que tienen por delante serán más o menos como éste, algo habremos avanzado. Pero eso sí, quedan por delante dos miuras de cuidado (Chile sólo pudo doblegar a los hondureños de chiripa), y habrá que sudar muchísimo para vencerles.

Suerte, campeones. Olvidaos de este país, de sus gentes y su inmunda prensa deportiva. Sólo tened fe en vosotros mismos. Sólo eso. Animo y a levantarse.

Y en cuanto a los demás, ojalá tuviera el poder de suturarles la bocaza.

He dicho.

El inicio de la gran cita

Una vez iniciado el periplo mundialista, y a las puertas del debut de la selección española, regreso a mi pequeño espacio virtual para dejar constancia de mis primeras impresiones acerca de lo visto hasta ahora. No es que dé para mucho, pero siempre hay algo que comentar después de tantos partidos disputados. Mal caso si lo contrario fuese cierto.

Lo primero que salta a la vista es que los pequeños se rebelan cada vez más y con más insistencia ante equipos que, sólo por oficio y experiencia, deberían como mínimo ganarles. Quién si no iba a pensar que los surcoreanos (qué lejos queda aquel rebaño de pulgas corretonas vestidas de rojo) iban a raparles la cabellera a los siempre correosos griegos, o que sus hermanastros del norte, esgrimiendo apenas cuatro rudimentos balompédicos, iban a obligar a la pentacampeona Brasil a pedir la hora, o que los samurais japoneses iban a dejar a los gallitos de Camerún sin plumas ni crestas (me imagino las caras de decepción del león Roger Milla y sus ilustres y veteranos compañeros al ver el pobre espectáculo ofrecido por los Webó, Eto´o y compañía). Quién se atrevería a predecir que Nueva Zelanda iba por fin a sumar un resultado mundialista decente ante una Eslovaquia presuntamente más curtida. Lo de Sudáfrica frente a México no me resulta tan extraño, como tampoco el empate logrado por los norteamericanos frente a los ingleses capellianos. Antecedentes hay, y en este país los tenemos claritos y recientes, con unos y otros. O deberíamos. Tan sólo Australia, barrida por la caballería pesada teutónica, ha hecho honor a la condición que se le presumía. No deja ser irónico que el paladín de la resurrección germana sea otomano de origen, y que los neandertales centroeuropeos (por cierto, el valle de Neanderthal está en Alemania, y no por casualidad) hayan incorporado sangre foránea (española, brasileña y turca) para poder, por fin, jugar al fútbol con algo más que Panzers, la Gran Bertha y los obuses Leopold. Así que el primer punto consistiría en resaltar el tópico de que no hay enemigo pequeño, porque así lo parece.

Y digo que lo parece, porque la jornada inicial es siempre muy engañosa. La consigna universal es no perder, y quizá por eso precisamente el resultado más repetido haya sido el empate. En cuatro ocasiones a un gol, y en otras dos, tablas nulas. No hablemos ya de juego bonito y espectacular, ese gran sacrificado. Al contrario, predomina la estrategia de tablero de ajedrez, así como el equipo bien conjuntado, disciplinado, plantado y solidario, a veces obrero a veces soldado, pero siempre atento y dedicado. Y a estas alturas, tras unos cuantos mundiales ya vistos, nadie debería creer que resultados como el de Italia presagian males para los transalpinos, expertos como nadie en llegar hasta el final en perfectas condiciones y ganar contra pronóstico, de forma rácana y artesanal, pero con un oficio envidiable y una eficacia más allá de toda duda. De la misma manera, nadie debería creer que la evidente descompensación del conjunto argentino (una defensa de acero y una delantera que, por sus solos nombres, sería capaz de provocar la micción involuntaria del mismísimo Capitán Trueno) les excluye de los pronósticos. Un razonamiento muy similar cabe hacer respecto a la canarihna, tras el pobre espectáculo ofrecido ayer frente a los estalinistas pero disciplinados norcoreanos. Mal haya quien así de mal piense.

Sí que me aventuro a ser agorero en lo tocante a Portugal, de la mano de un Queiroz que, como segundo de Ferguson en el ManU puede haber sido la milk (o leite), pero que como capitán de navío aún no ha demostrado nada de nada. Nuestros hermanos ibéricos carecen de buenos pasadores en largo, algo que sus delanteros necesitan como agua de mayo para hacer buenas sus innegables cualidades. Las selecciones africanas son aún una incógnita (lo de Ghana está cogido por los pelos, Costa de Marfil tiene mucho músculo pero escaso instinto asesino con Drogba a medio gas y Camerún deberá andarse con mucho tiento). En cuanto a los sudamericanos, y a la espera de lo que pueda mostrar Chile, Uruguay y Paraguay han demostrado más oficio que talento.

Ya sé que el talento, por sí solo no dice nada. ¡Que se lo digan a los italianos! Pero tampoco vendría mal que se lo recordaran a los nuestros. No a los jugadores españoles, ojo, sino a los insensatos de siempre que dan a los nuestros como favoritos por el solo hecho de la Eurocopa y la brillante fase de clasificación, ignorando que todo eso ya no sirve a estas alturas para nada, que hay que hacer borrón y cuenta nueva, que empezamos de cero, y que los suizos se parecerán más a un grupo de piratas cuchillo en boca (mucho cuidado con los cánticos aduladores de ese viejo zorro tudesco llamado Ottmar Hitzfeld) que a una fundue. Un resultado aceptable para este que suscribe: un 1-0. Lo suficiente para ganar sin despertar euforias desatadas, para mantener la concentración de los jugadores, y también para recordar a los especialistas en intoxicación informativa (yujuuuu, De La Morenaaaa...) que hay muchísimo pescado por vender, que esto no ha hecho más que comenzar, y que es mucho más importante el final que el inicio.

Y fuera de asunto (off-topic): mis felicitaciones al Caja Laboral de Vitoria por la conquista de la Liga ACB de baloncesto contra todo pronóstico y tras dejar en cueros al todopoderoso eurocampeón Barça (yujuuuu, Caraazoooo....). No simpatizo con el histriónico montenegrino Dusko Ivanovic, pero hay que reconocer que darle la vuelta a los pronósticos (que apuntaban en no pocos casos un 3-0 favorable a los catalanes, yujuuuuu, Treceeeet) tiene mucho, mucho mucho mérito. Y de paso, sirve de ejemplo para otros.

He dicho

viernes, 28 de mayo de 2010

Aviso a navegantes

Un antiguo proverbio francés reza que aquellos que ignoran la historia están condenados a repetirla. Por más que los destinatarios primeros del mensaje sean aquellas personas en cuyas manos descansa (muchas veces esto es un decir) el destino de otros muchos, miles o millones, la frase resulta también aplicable al entorno futbolero. En este concreto y particular sentido, el abajo firmante entiende que sirve de aviso para los que no atajan la euforia antes de tiempo, dejándose seducir por los cantos de sirena que, tal y como relató el insigne Homero, estuvieron a punto de dar con Ulises y los suyos en el fondo del mar para una vez allí, ser cumplidamente servidos como guarnición quién sabe si de un plato de ostras o de percebes.

Porque las euforias son siempre malas compañeras de viaje. Adormecen la atención, entorpecen la puesta a punto y narcotizan el cerebro de jugadores y técnicos, haciéndoles creer que los campeonatos se ganan poco menos que saltando al terreno de juego y dando un par de patadas al balón. Y hete aquí que, de pronto y cuando menos te lo esperas, salta un rival al campo sobrado de motivación, perfectamente concentrado en su propósito, con la mente y el cuerpo puestos en un solo objetivo, los jugadores unidos en un propósito, con la lección sobre el rival perfectamente aprendida y resoplando ansiosos mientras saltan sobre el césped. Y hete aquí que el rival presuntamente inferior empieza a asfixiarte, a robarte la pelota, a moverla con velocidad, a anticiparse a los tuyos, aún adormecidos por los cantos de las mujeres pez. Y de pronto, cuando menos lo esperas, ¡zas! Te cae un gol en contra. Y se te queda cara de gilipuertas. Ah, pero... ¿cómo es posible? Nosotros, tan buenos y tan guays, doblegados por esta murga carnavalera... No, no puede ser. Tenemos que reaccionar. Y a veces la vergüenza torera es capaz de despertar el instinto asesino, el oficio y las ganas, y los presuntamente superiores acaban por imponerse... eso sí: después de sudar bien duro.

Pero a veces no. Llega el final del partido y David ha dejado a Goliath como el gallo de Morón: sin plumas y cacareando. Y será entonces cuando los chuzos lloverán de punta, afilados como la navaja de Sweeney Todd. Porque serán precisamente los que te han drogado a base de elogios quienes, en caso de fracasar, te acuchillarán sin piedad alguna. Que cómo se te ocurrió saltar al campo con este esquema, que por qué jugó fulano en lugar de ciclano que, claramente, estaba mucho más fresco y descansado, que por qué forzaste a pepito de los palotes, que si el árbitro es un sinvergüenza, que si la conspiración en la REF, la UEFA, la FIFA, la FUFA, y bla, bla, bla... Una mezcla barata de aceite de baratillo, victimismo y ventajismo. Agitada, no mezclada. En la memoria del año pasado quedará el fracaso ante Estados Unidos en las semifinales de la Copa Confederaciones, o la fase de clasificación del Eurobasket, en la que nuestros Chicos de Oro estuvieron a punto de caer eliminados frente una desconocida como Gran Bretaña, ante el estupor incrédulo de los de siempre, los profetas que habían vaticinado que poco menos que con la puntita serían Pau Gasol y los suyos capaces de fornicar a todos los rivales.

En este nuestro país, hemos visto tantas veces este mismo espectáculo que aún me sorprende que los principales responsables no hayan tomado nota y sigan, erre que erre, con la misma batallita del abuelo Cebolleta, ese entrañable personaje de historieta a quien todos en su familia rehuían, sabedores de que cada vez que se les acercaba era para contarles una de sus eternas e interminables experiencias bélicas. No es que la experiencia fuese aburrida, su relato era lo verdaderamente insoportable.

El Mundial de fútbol de Sudáfrica está a la vuelta de la esquina. Poco más de dos semanas, y el balón empezará a rodar para delicia y fruición de los millones de aficionados de este planeta. Nuestra selección nacional parte a la aventura después de una fase de clasificación impecable e inmaculada, ganando todos y cada uno de sus encuentros, unos de mejor manera que otros. Sale como la actual campeona continental, con un equipo de ensueño a las órdenes de un buen entrenador. Suenan pífanos, trompetas y percusiones diversas. Más o menos lo mismo que hace un par de años denominé Garry Owen, en alusión al himno oficioso del Séptimo de caballería de Michigan.

Y tal día como hoy, Vicente Del Bosque, técnico de la Roja ha dado una rueda de prensa avisando a los navegantes de las perniciosas consecuencias de la euforia desatada por anticipado. La frase lo dice absolutamente todo: la confianza es la primera piedra del fracaso. Algo que suscribo al 200%. Las victorias, como la de la Euro de hace dos años, se construyen sobre la base del trabajo y el esfuerzo. Entonces, nadie apostó por Luis Aragonés y los suyos, y el abajo firmante sostiene que eso mismo dio a los nuestros la tranquilidad necesaria para ir dejando atrás a los contrincantes, uno después de otro. ¿O quizás necesito recordar que a Suecia se le ganó casi sobre el pitido final? ¿Tal vez nos hemos olvidado de la lotería de los penalties frente a Italia? ¿O de lo que hubo que sudar para doblegar a una Grecia siempre correosa y difícil?

Ojalá quienes entonan los cánticos hayan aprendido algo de lecciones pretéritas. La memoria es flaca, pero debe estar siempre ahí. Ah, y a todas estas: supongo que no necesito decir quiénes son las sirenas, ¿verdad?

He dicho.

(P.D.: Y como me temía, siempre hay quienes no aprenden, así los apaleen. También los hay que no hacen ni caso: mejor así).

martes, 18 de mayo de 2010

Fin de la liga escocesa

Colorín colorado, este cuento se ha terminado. Y lo ha hecho de nuevo con el FC Barcelona campeón, logrando números de récord, superando a todos sus rivales, pero esta vez sin poder cantar el alirón hasta el último suspiro. El equipo de Guardiola ha tenido en este sentido un mérito tremendo, pues no lo tenía fácil para aguantar la presión de la necesidad de victoria, semana tras semana, acogotados por el máximo rival a sólo un punto de distancia. Así que felicitaciones a los culés, pues no queda otra sino reconocer lo que ha terminado por ocurrir, y aceptarlo sin más.

A la vista de los resultados, se me ocurren varias reflexiones. La primera y más evidente es la reedición de una entrada que ya escribí el año pasado, allá por abril, a propósito de una columna que Juanma Trueba, a su vez, escribía para el AS en vísperas del Clásico del Bernabéu que a la postre acabaría por decidir la liga y hundir a los blancos. En ella, el periodista del grupo PRISA afirmaba que la liga española había dejado de ser la más importante de Europa a la vista de la distancia entre los dos primeros clasificados y el resto. Y el abajo firmante suscribía sin reparos esta opinión. Lo sucedido este año no ha hecho sino confirmar este parecer, y ahí están los números para demostrarlo. Los dos primeros han sumado la friolera de 195 puntos y se han jugado el campeonato entre ellos, ganando 31 partidos de 38: escalofriante. Los demás, al fin y a la postre, no han pasado de ser meros comparsas, y han terminado por jugar otro campeonato distinto, muy alejado del triunfo liguero final.

Y ello aun cuando en algunos casos hayan hecho cifras excelentes. Por ejemplo, el Valencia ha firmado el tercer puesto con números de campeón: 71 puntos. nada menos. Allá por el año 2000, el Deportivo de La Coruña de Jabo Irureta se proclamó campeón de liga con 69 puntos, algo impensable hoy día. El Madrid de Capello y el Barça de Rijkaard empataban a 76 puntos hace sólo tres años. Todos estos logros, importantes en su momento, aparecen hoy como hazañas liliputienses ante las cifras de los dos grandes, que han ahondado más aún la distancia entre ellos y el resto. El margen de error para lograr el título liguero se ha tornado estrechísimo y cualquier error a lo largo de la temporada se ha pagado muy caro. Es el caso de las derrotas merengues en Sevilla y Bilbao, por ejemplo. Todo esto recuerda muy sospechosamente a la liga escocesa, donde los dos equipos de Glasgow (los católicos del Celtic y los protestantes del Rangers) se juegan año tras año la liga entre ellos, sin que el resto (Dundee United, Hibernians, Aberdeen y otros menos conocidos) tenga apenas nada que decir y mucho menos que objetar. Por cierto, este año la cosa ha caído de lado de los protestantes, a seis puntos de los máximos rivales y a veinticuatro del Dundee, tercer clasificado. ¿Les suena familiar?

Sin embargo las penurias económicas aprietan de lo lindo, y también a los equipos de fútbol. Así, el Valencia tendrá que desprenderse muy probablemente de sus dos davides. El Guaje (aunque ya no tanto) Villa tiene un pie en el Barça, mientras que Silva es objeto de deseo del Madrid, que busca reforzar el centro del campo cara a la próxima temporada. El Sevilla, cuarto en discordia del campeonato patrio (a más de treinta puntos de los dos de cabeza, atención) tendrá que deshacerse probablemente de algunos veteranos ilustres (pienso en Kanouté, por ejemplo), y seguir adelante con su fórmula de comprar bueno, bonito y barato. Getafe y Mallorca pueden darse por bien satisfechos: el primero ha construido una buena escuadra con descartes del Madrid (Miguel Torres, Parejo, Soldado, Adrián González y algún otro) y el gran Pedro León, bajo la batuta firme de Míchel. El segundo ha logrado puestos europeos a pesar de hallarse al borde de la quiebra (hasta el punto de que han ofrecido gratis a su delantero Aduriz a su club de origen, el Athletic de Bilbao, por no poder terminar de pagar su traspaso) de la mano de ese sabio llamado Gregorio Manzano y de jugadores como Julio Alvarez, Rubén González, Borja Valero (todos ex madridistas, por cierto), Pep Martí o Pierre Webó. Sólo el Sevilla está lo suficientemente saneado y es lo bastante solvente como para mantener el armazón de la plantilla de esta temporada. Los demás carecen de recursos para ello. Así, todo parece indicar que Borja Valero regresará muy a su pesar a la liga inglesa, porque el club balear no puede abonar la cuantía de su traspaso, y varios jugadores del Getafe también podrían cambiar de aires pronto.

Otros gallitos tradicionales de la liga española como el Atlético de Madrid y el Villareal han hecho un campeonato bastante discreto. Los primeros han salvado los muebles gracias a su reciente triunfo en la Europa League (antigua UEFA), y pueden hacerlo más aún si vencen al Sevilla en la próxima final copera. Además, tienen el honor de poder decir que son los únicos que han batido a los blaugranas en la liga. Pero así y todo, su tránsito liguero ha conocido más sombras que luces y durante una buena parte de la temporada coquetearon peligrosamente con la segunda división. Los segundos se quedan fuera de Europa por primera vez en bastante tiempo pese a tener una de las mejores plantillas del campeonato.

¿La mejor liga de Europa? En mi opinión, definitivamente no. Uno: la liga española se ha escotizado; dos: la crisis económica se ha cebado en aquellos que no supieron gestionar su tesorería en tiempos de bonanza; y tres: en general, ha castigado a aquellos que han tenido que negociar de modo conjunto la venta de sus derechos televisivos (osea, todos menos dos, y me imagino que ya se adivina quiénes son). Nada de esto es bueno ni presagia algo bueno. Todo lo contrario.

La segunda reflexión es para la tropelía que el Real Madrid está a punto de cometer con un gran entrenador: Manuel Pellegrini. Si ya el año pasado el sacrificado fue Juande Ramos, este año le toca al chileno, que según parece sufrirá en sus carnes las consecuencias de un pecado mortal: no haber ganado un título este año. Craso error. Sigo creyendo que el Real Madrid se está atletizando, que está copiando las peores maneras de sus vecinos del sur en los tiempos desbocados (cual imperioso galope) de un Jesús Gil (descanse en paz) que no dudaba en destituir entrenadores incluso en las pretemporadas. Si de verdad se quiere dar sentido a la palabra proyecto, esto pasa necesariamente por asumir con todas las consecuencias la posibilidad de que las cosas no salgan bien desde un principio. Si se cae en las garras de la urgencia, si se pierde el sentido de la realidad y se incurre en la neurosis futbolera con el único espejo de los logros del máximo rival, es muy poco probable que la empresa de Florentino pueda llegar a buen puerto.

Y no quiero olvidar que semejante ejercicio de esquizofrenia ha sido abanderado, de modo absolutamente abyecto y despreciable, por el diario MARCA, que hace un año concedía al chileno todo el crédito que ahora le niega para gran satisfacción del ego desmedido y la catetez futbolística de su director. Triste, triste de veras. Triste es la campaña en sí (tan digna del periódico como éste de aquélla) como más triste aún es que este medio sea el más leído de España. Esto ya es sencillamente pavoroso.

En fin. Un cuento que se acaba. Bien podría haberlo escrito Robert Louis Stevenson que, como ya habrán adivinado los más ilustrados, nació en el país de los pictos y escotos.

He dicho.